En un mundo lleno de posturas teologías y opiniones diversas, queremos volver a la fuente principal: la Palabra de Dios.
Aquí encontrarás respuestas claras y breves sobre temas cruciales de la fe —la Ley, la gracia, el Shabat, las fiestas bíblicas, Israel y nuestro llamado como creyentes en Yeshúa y algunas más— siempre sustentadas en las Escrituras.
El objetivo es simple: dejar que la Biblia hable por sí misma y que su verdad transforme nuestras vidas.
¿Por qué le llamamos Yeshúa?
“Y oí una voz que me hablaba, y decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?…”
¿Importa llamarle Yeshúa? ¿Qué diferencia hay?
El Mesías nació como judío, circuncidado al octavo día y presentado en el templo. Su nombre original en hebreo es יֵשׁוּעַ (Yeshúa), una forma corta de Yehoshúa (Josué), que significa “YHWH es salvación”. Ese nombre no fue dado al azar, sino como cumplimiento profético: “Llamarás su nombre Yeshúa, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21, en contexto hebreo). Con el paso de los siglos y las traducciones, el nombre pasó al griego (Iesous), luego al latín (Iesus), y finalmente a las lenguas modernas como Jesús.
Ahora bien, aunque millones lo hemos llamado “Jesús” o “Jesucristo”, y Dios ha respondido con poder a la fe sincera de su pueblo, debemos reconocer que su nombre original, Yeshúa, tiene un significado mucho más profundo: “YHWH es salvación”.
En ese nombre —aunque lo hayamos pronunciado de distintas formas— hemos recibido salvación, liberación, sanidad, perdón, amor y adopción del Padre. El Señor no tuvo problema en responder a quienes lo buscamos con un corazón genuino, pero su deseo es que crezcamos en revelación, volviendo a la raíz de su nombre y entendiendo quién es Él realmente. Esto, porque el nombre “Jesús” no traduce lo que el hebreo Yeshúa sí revela: que Él es la Salvación misma de Dios, y es ante ese nombre, el nombre dado desde el cielo en hebreo, que toda rodilla se doblará.
Dios no tiene problema con el idioma, pero sí anhela que maduremos en el entendimiento. Así como un niño balbucea el nombre de su padre y luego aprende a decirlo con claridad, también nosotros estamos llamados a crecer en nuestra relación con Él, a conocerlo más allá de la costumbre y a responder al llamado de su verdad. No es un juicio, sino una invitación amorosa a despertar, a abrir el corazón y a permitir que Su Espíritu nos guíe de lo aprendido hacia lo nos muestra su palabra.
El mismo apóstol Pablo testifica que cuando Yeshúa se le reveló en el camino a Damasco, le habló “en lengua hebrea” (Hechos 26:14). Esto confirma que su nombre original y eterno está en hebreo, no en griego ni en latín. Llamarlo Yeshúa es, entonces, volver a las raíces y reconocer su identidad judía y mesiánica.
Pasajes de Apoyo:
Mateo 1:21 – “Llamarás su nombre Yeshúa, porque Él salvará…”
Lucas 2:21 – Circuncidado y llamado por su nombre a los ocho días.
Hechos 26:14-15 – Pablo escucha su voz en lengua hebrea.
Filipenses 2:9-11 – Su nombre es exaltado sobre todo nombre.
🌿 Israel y el creyente en Yeshúa: injertados en el olivo
“Si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas y has sido hecho partícipe de la raíz y de la rica savia del olivo…”
¿El creyente en Yeshúa reemplazó a Israel, o fue injertado en su olivo?
La promesa hecha a Abraham fue clara: “En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3). Pablo explica que esa simiente es el Mesías (Gálatas 3:16), y que quienes creen en Él pasan a ser herederos de las promesas dadas a Abraham.
Además, en la bendición de Jacob a Efraín se declara que su descendencia sería מְלֹא meló (plenitud, llenura, abundancia.) הַגּוֹיִם ha-goyim (los gentiles, los pueblos) “la plenitud de los gentiles” (Génesis 48:19). Esa profecía conecta con Romanos 11, donde Pablo enseña que los gentiles que creen en Yeshúa son injertados en el olivo de Israel. Esto no significa reemplazo, sino integración: participamos de la raíz santa, no para jactarnos, sino para vivir como pueblo apartado.
Así, en Yeshúa todo creyente es hecho partícipe del pacto y de sus bendiciones, pero también de sus responsabilidades. Ser injertados implica no solo recibir la promesa, sino ser su pueblo apartado, caminar en obediencia a los mandamientos del Dios de Israel, como parte de Su pueblo redimido.
Reconocer que hemos sido injertados en Israel cambia nuestra identidad: ya no somos extranjeros, sino conciudadanos de los santos (Efesios 2:19). Esto nos llama a vivir apartados, en santidad, y a reflejar el carácter del Dios de Israel. No se trata de “judaizarnos”, sino de abrazar nuestra identidad en el Mesías como parte del pueblo del pacto.
Pasajes de Apoyo:
Génesis 12:3; Génesis 28:14; Génesis 48:19; Oseas 2:23.
Romanos 11:11-32; Gálatas 3:7, Gálatas 3:29; Efesios 2:12-19; 1 Pedro 2:9-10.
🌿 ¿El Shabat está vigente? o ¿es cosa del pasado?
¿Cambió el Shabat al domingo con la venida de Yeshúa, o sigue siendo el séptimo día (sábado) como al inicio?
¿Es el Shabat solo una práctica judía antigua o sigue siendo parte de la vida de los creyentes en Yeshúa?
El Shabat fue establecido desde la creación y dado como estatuto perpetuo para Israel (Génesis 2:2-3; Éxodo 31:16-17). Yeshúa nunca lo abolió, sino que lo guardó y enseñó su verdadero propósito (Marcos 2:27-28; Lucas 4:16). Sus discípulos continuaron observándolo después de Su resurrección (Hechos 13:42-44), mostrando que sigue vigente para todo creyente en el Mesías, injertado en el olivo de Israel (Romanos 11:17).
El cambio del sábado al domingo no vino de Dios ni de Yeshúa, sino de decisiones humanas: primero con Constantino (321 d.C.), luego confirmado en el Concilio de Laodicea y finalmente reconocido por la Iglesia Católica como una tradición eclesiástica. Por eso, el verdadero reposo sigue siendo el séptimo día: un regalo eterno de Dios, una señal de nuestra fe y un anticipo profético del Reino de Yeshúa.
Si quieres saber más sobre esto, te invito a leer la siguiente enseñanza: El Shabat: origen, propósito y vigencia
🌿 Las Fiestas del Señor: un mapa profético de redención
¿Son las fiestas bíblicas solo tradiciones de Israel, o un calendario profético que apunta a Yeshúa y al plan de Dios para toda la humanidad?
Desde la creación, Dios estableció Sus tiempos señalados (moedim) como parte del orden del universo:
“Haya lumbreras… y sirvan de señales para las estaciones (moedim), para los días y los años.”
La palabra hebrea moedim (מוֹעֲדִים), que significa “estaciones, tiempos señalados, santa convocación o citas divinas”, aparece desde la creación (Génesis 1:14). Dios estableció el sol y la luna no solo para marcar días y años, sino también para señalar los momentos en que Él mismo se encontraría con Su pueblo. En Levítico 23, esas citas son llamadas “las fiestas del Señor”, no como tradiciones humanas, sino como encuentros apartados en el calendario celestial. Los moedim son, por tanto, un mapa profético del plan de redención, que encuentra su plenitud en Yeshúa, el Mesías, quien es el centro y cumplimiento de cada uno de esos tiempos.
Cada fiesta es como una parada profética en el plan de redención:
Fiestas de Primavera (se cumplieron en la primera venida del Mesías)
Pesaj (Pascua) → la redención en la sangre del Cordero (Éxodo 12; 1 Corintios 5:7).
Matzot (Panes sin Levadura) → Sacó el pecado del mundo en su sepultura (Levítico 23:6; 1 Corintios 5:8).
Bikurim (Primicias) → la resurrección de Yeshúa como primicia de los que duermen (Levítico 23:10-11; 1 Corintios 15:20).
Shavuot (Pentecostés) → la entrega de la Torá y el derramamiento del Espíritu Santo (Éxodo 19; Hechos 2).
Fiestas de Otoño (se cumplirán en la segunda venida del Mesías)
Yom Teruá (Trompetas) → anuncio del regreso del Rey con sonido de shofar (Levítico 23:24; 1 Corintios 15:52).
Yom Kipur (Expiación) → juicio, purificación y reconciliación final (Levítico 23:27; Hebreos 9:11-12).
Sucot (Tabernáculos) → el Reino mesiánico y la morada de Dios con Su pueblo (Levítico 23:34; Juan 1:14; Apocalipsis 21:3).
Hoy no podemos celebrarlas en su forma plena (porque estaban ligadas al templo y a los sacrificios), pero sí podemos recordarlas y celebrarlas de manera simbólica como mapa profético que apunta a Yeshúa y que nos recuerdan el plan perfecto de Dios.
Si quieres saber más sobre este tema, te invito a leer la serie: Las Fiestas del Señor donde te mostraré el significado profético de cada una de estas celebraciones.
Pasajes de Apoyo:
Levítico 23:1-44; Números 28:16-31 –Números 29:1-40; Zacarías 14:16-19
Mateo 26:2, Mateo 26:17-28 (Pesaj); Hechos 2:1-4 (Shavuot); 1 Corintios 5:7-8 (Hamatzot); Colosenses 2:16-17; Juan 7:37-39; Hechos 27:9 (Yom Kipur); Hechos 18:21 (Sucot); 1 Corintios 15:51-52 Yom Teruá
🌿 ¿La Ley sigue vigente para el creyente en Yeshúa?
¿Terminó la Ley en la cruz o sigue siendo parte de la vida del creyente?
¿Es legalismo obedecer la Ley, o es fidelidad al diseño de Dios?
La Escritura es clara: Yeshúa no vino a abolir la Ley, sino a cumplirla y a mostrar cómo debe vivirse en obediencia y amor. Él mismo declaró que “ni una jota ni una tilde pasará de la Ley hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18).
El apóstol Pablo confirma que la fe no invalida la Ley, sino que la confirma (Romanos 3:31). La gracia no elimina los mandamientos, sino que nos capacita para vivirlos con un corazón transformado. Bajo el Nuevo Pacto, Dios promete escribir Su Ley en nuestros corazones (Jeremías 31:31-33; Hebreos 8:10), de modo que la obediencia ya no es una carga, sino el fruto del Espíritu en nosotros.
La idea de que la Ley terminó es un invento humano. La Biblia enseña lo contrario: la Ley es santa, justa y buena (Romanos 7:12), y Yeshúa mismo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).
“La Biblia concluye mostrando quiénes son los santos de Dios: los que tienen la fe en Yeshúa y guardan Sus mandamientos (Apocalipsis 14:12). Fe y obediencia van de la mano: esta es la verdadera identidad del pueblo de Dios.”