El Precio del Reino: Una Llamada a la Entrega Total

(Día N° 5) Parábola del Tesoro Escondido y La Perla de Gran Precio

“Da clic aquí, para ver la cita completa” Mateo 13:44-45

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Hemos llegado al quinto día del conteo del Omer, este camino de preparación que nos conduce hacia Shavuot, donde Dios selló Su pacto con Israel y, siglos después, derramó Su Ruaj HaKodesh (Espíritu Santo) sobre los discípulos de Yeshúa (Jesús). Cada día del Omer es una invitación a dejar que el Reino crezca en lo secreto, moldeando nuestro corazón hasta que estemos listos para recibir la plenitud de Su presencia.

 

Hoy estudiamos una de las parábolas más breves pero a su vez más profundas: la parábola del tesoro escondido (Mateo 13:44-46). En pocas palabras, el Señor nos muestra un hombre que encuentra un tesoro oculto en un campo, y lleno de gozo, vende todo lo que tiene para comprarlo.

Esta imagen sencilla es en realidad un mapa espiritual y profético:

  • Nos habla de la gloria del Mesías oculta en su primera venida.
  • Nos recuerda que el Reino de Dios muchas veces se esconde en lo sencillo, lo humilde y lo que el mundo desprecia.
  • Nos invita a responder con entrega total, porque quien reconoce el tesoro del Reino entiende que nada en la tierra se compara a poseerlo.

Hoy, mientras seguimos en preparación, el Señor nos invita a examinar el valor que le damos a Su Reino. ¿Estamos dispuestos, como el hombre de la parábola, a soltarlo TODO por el gozo de pertenecerle a Él? El tesoro está disponible, pero solo lo encuentran los que buscan con todo el corazón y reconocen su valor eterno.

En esta enseñanza, podemos contemplar tres enfoques complementarios, que juntos revelan el corazón de Dios, el valor de Su Reino y el llamado a nuestra vida:

  1. El Tesoro como Yeshúa (Jesús) y Su revelación mesiánica:
    El tesoro escondido representa al Mesías mismo, cuya gloria estuvo velada en Su primera venida, revelándose solo a los que tenían ojos de fe para reconocerle.
  2. Su pueblo como el tesoro y Yeshúa (Jesús) como el buscador:
    Aquí, el buscador es el Mesías, que desciende al “campo” del mundo, vende todo lo que tiene, dejando Su gloria celestial para redimir Su posesión más valiosa: Su pueblo.
  3. El discípulo que lo deja todo por obtener el tesoro
    En esta dimensión, el enfoque se vuelve personal y desafiante: el tesoro es la vida en el Reino, y el hombre que vende todo nos enseña que seguir a Yeshúa implica rendición total, desprenderse de todo lo terrenal para abrazar lo eterno.

Cada enfoque es un espejo del Reino: primero, nos revela quién es Yeshúa; luego, quiénes somos para Él; y finalmente, qué respuesta espera de nosotros.

Yeshúa (Jesús) y su revelación mesiánica

Si volvemos a la parábola, a primera vista, parece extraño que aquel hombre tras encontrar algo tan valioso, no lo tome inmediatamente, ¿verdad? Sin embargo, vista desde una perspectiva espiritual y profética, esta acción revela una verdad profunda.

 

El tesoro representa al Mesías mismo. Su ocultamiento señala que aún no era el tiempo de su manifestación pública en gloria. 

 

Así como el hombre de la parábola, Yeshúa vino al mundo, halló Su tesoro, Su pueblo, Su Reino y lo escondió nuevamente, ¿Por qué?, porque debía cumplir primero el proceso de adquirir el campo. El campo simboliza a Israel y a todo aquel que sería injertado en el olivo, y para poseerlo Yeshúa pagó el precio completo de la redención: Su propia vida, hasta la última gota de Su sangre.

 

Este acto también revela un principio espiritual clave: el Reino de Dios se manifiesta primero en lo oculto antes de manifestarse de manera visible. Yeshúa no vino con majestad política ni esplendor militar, sino en humildad. Su gloria estuvo velada; Su identidad, reconocida solo por corazones humildes y ojos abiertos por la fe. 

 

La parábola refleja el misterio de Su primera venida: nuestro amado Yeshúa, siendo Rey, ocultó Su gloria, sembró el Reino en tierra, y lo reveló solo a los sencillos. El mundo lo vio como un hombre más, pero en Él estaba el tesoro eterno, esperando el momento perfecto para brillar en toda su plenitud.

Yeshúa (Jesús) vino en gloria oculta, no para deslumbrar, sino para salvar. Su poder estaba contenido, su amor manifestado, su Reino al alcance.

Promesa Inicial

El plan de redención no comenzó con la caída del hombre; ya estaba en el corazón de Dios desde antes de la creación. Los sabios reconocen que incluso en Génesis 1:1 está codificada la historia de la humanidad: seis mil años de historia antes del reposo final, el milenio mesiánico, mostrando que la venida del Mesías estaba prevista desde el principio.

 

Sin embargo, fue tras la caída que este plan eterno se reveló por primera vez de forma profética. En Génesis 3:15, Dios declara que la simiente de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente, anunciando que un Redentor vendría a derrotar el mal en su raíz. Así, aunque el plan existía desde la eternidad, en ese momento se manifiesta la promesa de manera clara, aunque velada en lenguaje profético, abriendo la historia de la esperanza mesiánica que recorre toda la Escritura.

 

Siglos después, esta esperanza se afina en la profecía de Génesis 49:10, cuando Jacob declara sobre Judá:

“No será quitado el cetro de Judá, ni el bastón de mando de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos”

Génesis 49:10

Aquí se anuncia con claridad la figura de un Rey prometido, el portador del cetro, que reuniría a las naciones bajo su autoridad. Este anuncio no solo confirma la línea mesiánica, sino que establece que, aunque Su gloria permanece oculta por un tiempo, su reinado es seguro y eterno.

 

Desde el Edén hasta los patriarcas, Dios iba tejiendo una línea profética ininterrumpida: un Mesías que vendría en humildad para redimir, pero cuyo destino final sería reinar con poder, derrotando definitivamente a la serpiente y restaurando el Reino de Dios sobre la tierra.

Sombra en la Torá

En esta primera fase de la historia, el Reino y el Mesías aún no se revelan de manera abierta, pero Dios los esconde en tipos y figuras, sembrando un mensaje profético para quienes tienen ojos para ver.

 

José, hijo de Jacob, es uno de esos retratos. Fue rechazado y vendido por sus hermanos, humillado hasta ser llevado a prisión, pero finalmente exaltado sobre las naciones, salvando a su propio pueblo de la muerte. En su historia vemos reflejado el camino de Yeshúa: despreciado y entregado, pero destinado a reinar.

 

El detalle más profético se encuentra en los dos encuentros que tuvo con sus hermanos. En el primero, José no se reveló; mientras que en el segundo, cuando todos los hermanos estaban presentes, se dio a conocer con llanto (Zacarías 12:10), perdón y redención (Génesis 45). Esto apunta al tiempo final, cuando las dos casas de Israel, Efraín y Judá estarán completas y unidas (Ezequiel 37:15-22), el Mesías se revelará plenamente a su pueblo.

 

Lego, tenemos a Moisés, el libertador que desafía a Faraón, guía al pueblo y actúa como mediador entre Dios e Israel. Deuteronomio 18:15 dice: “YHVH tu Dios te levantará un profeta como yo de entre tus hermanos. A Él escucharéis.” Esta declaración de Moisés no es una simple mención de otro profeta futuro. La frase “como yo” es sumamente significativa. Dios está diciendo que vendrá alguien con una misión y carácter similar a Moisés, pero más grande.

Profecías veladas

A lo largo de la historia, las Escrituras comenzaron a hablar con más claridad del Mesías, pero solo para aquellos dispuestos a escudriñar y buscar como quien excava por un tesoro escondido. Jeremías nos invita:

“Clama a Mí, y Yo te responderé y te revelaré cosas grandes e inaccesibles, que tú no conoces.”

Jeremías 33:3

El mensaje estaba allí, pero velado:

  • Isaías 6:9–10 habla de ojos que no ven y oídos que no oyen, de un pueblo incapaz de percibir la revelación.
  • Isaías 45:15 declara: “Ciertamente tú eres un Dios que te escondes”, mostrando que Su obrar es intencionalmente oculto.
  • Isaías 53 revela al Siervo sufriente, no como un Rey glorioso, sino despreciado y cargado de dolores, llevando el pecado de muchos.

En Daniel, el misterio se profundiza:

  • Daniel 9:25–26 da tiempos proféticos exactos sobre la venida y muerte del Mesías.
  • Daniel 12:4 ordena sellar la visión hasta el tiempo del fin, anticipando que solo los entendidos discernirán el plan de Dios.

Las profecías estaban allí, como tesoros escondidos bajo la arena del tiempo, esperando ser halladas por los que buscan con corazón sincero. Muchos miraron, pero no vieron; escucharon, pero no entendieron, porque no estaban dispuestos a humillarse y escudriñar la verdad.

 

Hoy, el mismo desafío se levanta ante nosotros: ¿seremos de los que pasan por alto al Mesías porque vino en humildad, o de los que excavan hasta encontrar el tesoro eterno? El velo sigue puesto para los indiferentes, pero al que clama, busca y se rinde, el Reino se revela. Yeshúa es ese tesoro oculto, esperando que lo reconozcas antes de que Su gloria se manifieste por completo.

Primera venida: gloria velada

Cuando Yeshúa vino al mundo, lo hizo como la luz verdadera, pero el mundo no la reconoció:

“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.”

Juan 1:11

Aunque era el Creador mismo, el Verbo hecho carne, Su gloria estaba oculta, velada bajo un manto de carne, humildad y servicio. Sus señales eran claras, pero muchos de los corazones que le escucharon estaban cerrados. En el evangelio de Juan, vemos al pueblo rechazando Su mensaje a pesar de los milagros, cumpliendo así la profecía de Isaías:

“Cegó sus ojos y endureció su corazón, para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón…”

Juan 12:36-40

Esto no sucedió por falta de evidencia; fue incredulidad y expectativas equivocadas. El pueblo esperaba un conquistador político, un libertador que aplastara a Roma. Pero el Mesías vino humilde y sufriente, según las Escrituras. Su vida fue una demostración de gloria envuelta en mansedumbre:

  • Nació en un pesebre, no en un palacio.
  • Caminó con los pobres y marginados, sanando y levantando a los rechazados.
  • No tenía dónde recostar Su cabeza (Mateo 8:20).
  • Entró en Jerusalén sobre un pollino, cumpliendo la profecía de Zacarías

“He aquí tu Rey viene a ti… humilde, y montado sobre un asno.” Zacarías 9:9

 

Nada de esto fue casualidad; era una señal profética: El Reino no se impondría por la fuerza, sino por la entrega del Siervo. No vino a tomar el trono, sino la cruz. No vino a ser servido, sino a dar Su vida en rescate por muchos (Marcos 10:45). 

Siervo sufriente, no Rey coronado

En su primera venida, Yeshúa cumplió el papel del Siervo de Isaías 53:

“No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable.

3 Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, habituado al sufrimiento. Todos evitaban mirarlo;
fue despreciado y no lo estimamos. 4 Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores,

pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios y humillado. 5 Él fue traspasado por nuestras rebeliones y molido por nuestras iniquidades. Sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz y gracias a sus heridas fuimos sanados.”

Isaías 53: 2b – 5

Sí, era el Mesías prometido, pero no como lo esperaban. Su gloria estaba presente, pero contenida; Su autoridad era celestial, pero voluntariamente sujeta al rechazo de los hombres. Vino a redimir, no a reinar. Vino a sembrar el Reino, no a instalarlo por la espada.

Una gloria reservada para los que creen

Los orgullosos, los que solo buscaban poder y esplendor se ofendieron. Pero los que anhelaban redención le reconocieron y le siguieron con gozo. Así se cumple el misterio: El Reino vino oculto. El Rey vino velado. Solo lo vieron los que miraron con ojos de fe.

“A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino… pero a ellos no.”

Mateo 13:11

El Velo Permanece

El velo espiritual todavía cubre los ojos de muchos, pero a medida que se acerca la segunda venida de Yeshúa, vemos un despertar:

  • Judíos que comienzan a reconocer a Yeshúa como el Mesías, encontrándose con un Mesías judío que enseñó Torá, no con la imagen distorsionada del Jesús romano que parece haber abandonado los mandamientos de Dios.
  • Cristianos que están regresando al principio del libro, descubriendo que toda la Escritura apunta a Yeshúa y a Su plan de redención, guardando Shabat, observando las fiestas (celebraciones proféticas de su primera y segunda venida), y preparándose como las vírgenes prudentes de la parábola.

“Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Yeshúa.”

Apocalipsis 14:12

Pablo enseña que Israel fue endurecido parcialmente, pero no desechado; este velo es temporal, esperando la plenitud de los gentiles (Romanos 11:25). Así como Moisés velaba su rostro porque Israel no podía soportar la gloria de Dios (Éxodo 34:29–33), hoy muchos leen la Torá pero no ven al Mesías.

 

El problema no es la Escritura, sino el corazón endurecido:

“Hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, el mismo velo permanece sin ser quitado, el cual por el Mesías es quitado.”

2 Corintios 3:13–16

Este velo representa ceguera espiritual, un espíritu de sueño sobre el mundo, tal como profetizó Isaías:

“Porque YHVH ha derramado sobre vosotros espíritu de sueño, y ha cerrado vuestros ojos… y toda visión será como palabras de un libro sellado.”

Isaías 29:10–11

Así como Moisés veló su rostro, Yeshúa veló Su gloria. Solo Él puede quitar el velo y revelarse a sí mismo. Un destello de esta verdad se ve en el huerto de Getsemaní: cuando vinieron a arrestarlo y preguntó, “¿A quién buscan?”, ellos respondieron: “A Jesús de Nazaret”. Entonces Él declaró: “YO SOY”, y al oírlo, cayeron al suelo (Juan 18:4–6).Ese instante fue una chispa de Su gloria desvelada: el Gran Yo Soy revelándose ante quienes venían a apresarlo, mostrando que nadie podía tocarle sin que Él mismo lo permitiera. Por eso, el que está decidido a comprar el campo y hallar el tesoro recibe la revelación sin velo, encuentra al Mesías y entra en el misterio de Su Reino.

Revelación por Fe

El velo solo se quita cuando el corazón se rinde verdaderamente al Señor:

“Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.”

2 Corintios 3:16

Yeshúa mismo lo explicó:

  • “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino…” — Mateo 13:11
  • “Esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” — Mateo 16:16–17

Pedro no llegó a esa confesión por inteligencia o mérito; fue revelación directa del Padre. Esta revelación se da al corazón que busca, como dice en el libro de los Proverbios:

“…si la buscas como a la plata y la procuras como a tesoros escondidos, entonces entenderás el temor del Señor…”

Proverbios 2:1–5

Así sigue ocurriendo hoy: conocer a Yeshúa no es un acto intelectual, sino una revelación espiritual. No viene por religión, tradición ni capacidad humana. Es un regalo del Padre a los que le buscan con un corazón rendido.

Segunda venida: gloria revelada

En Su segunda venida, ya no habrá velo. El Mesías que vino en humildad como Siervo sufriente, volverá como Rey glorioso, con poder, majestad y autoridad. Su regreso será acompañado por sonido de trompeta y nubes de gloria, cumpliendo lo que está escrito:

“Él viene con las nubes, y todo ojo lo verá, aun los que lo traspasaron; y todas las tribus de la tierra harán lamentación por Él. Sí. Amén.”

Apocalipsis 1:7

Ese día, el mundo entero será testigo. Ya no será el tesoro escondido, ni el Rey velado. Será la perla expuesta a la luz de todas las naciones, y Su gloria cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar. El libro del profeta Zacarías profetiza ese momento con palabras que estremecen:

“Él viene con las nubes, y todo ojo lo verá, aun los que lo traspasaron; y todas las tribus de la tierra harán lamentación por Él. Sí. Amén.”

Zacarías 12:10

Ese lamento será doble: dolor por no haberle reconocido y adoración por Su triunfo final. Entonces, el Mesías no será incomprendido ni rechazado; será reconocido, temido y honrado. La primera venida fue en silencio, en un pesebre, con gloria velada y manos dispuestas a sanar. La segunda venida será con cielos abiertos, juicio, trompetas sonando y ejércitos celestiales. El que fue llevado a la cruz, vendrá con corona.

 

El que sembró el Reino en lo oculto, vendrá a cosechar justicia sobre toda la tierra. En ese día, el tiempo del ocultamiento habrá terminado. La paciencia del Cordero dará paso al rugido del León de Judá. Y todos verán que el tesoro que estuvo escondido por siglos era el Rey eterno, Yeshúa HaMashíaj, que viene a reinar por siempre.

Su pueblo: el tesoro escondido y el Mesías: el buscador

Cuando leemos la parábola del tesoro escondido desde una perspectiva mesiánica, descubrimos un giro conmovedor: Yeshúa no solo enseña sobre un hombre que busca el Reino… Él mismo es ese buscador. El hombre de la parábola que encuentra el tesoro y lo vuelve a esconder no representa únicamente al discípulo apasionado, sino al Mesías que descendió a este mundo buscando lo más valioso para Él: Su pueblo redimido, Su herencia eterna.

“Ahora pues, si obedecéis mi voz y guardáis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.”

Éxodo 19:5

En hebreo, la palabra es “Segulá” (סְגֻלָּה): (posesión preciosa, joya valiosa). Esto para Dios no es simplemente una metáfora vacía: Él realmente nos ve como un tesoro real.

“Porque eres pueblo santo para YHVH tu Dios, y YHVH te ha escogido para que le seas un pueblo único, de su exclusiva posesión, de entre todos los pueblos.”

Deuteronomio 14:2

Tú eres ese tesoro

Tú y yo, los llamados, los restaurados, los que estuvimos ocultos, rotos, y enterrados bajo el polvo del pecado, somos ese tesoro escondido. Yeshúa nos vio donde nadie más miró. Nos encontró en el campo del mundo, sin valor aparente, y decidió que valíamos todo. Por eso, como el hombre de la parábola, “Vendió todo lo que tenía”

“Y serán para mí especial tesoro, ha dicho YHVH de los ejércitos, en el día en que yo actúe; y los perdonaré como el hombre que perdona a su hijo que le sirve.”

Malaquías 3:17

Aquí se revela algo poderoso: somos Su tesoro y Su herencia, y Él promete guardarnos, perdonarnos y redimirnos. Esta promesa alcanzó su plenitud en la cruz, cuando el Mesías pagó el precio del tesoro con Su propia vida.

El precio del campo: Su vida por nuestro rescate

Yeshúa dejó la gloria celestial, se despojó de Su majestad y tomó forma de siervo. Caminó entre nosotros, sintió nuestro dolor, vivió sin pecado y murió por amor.

“Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo… se humilló hasta la muerte.”

Filipenses 2:6–8

Con Su sangre, compró el campo entero (el mundo), para poder redimir legal y eternamente el tesoro que había encontrado: Su pueblo. Su muerte no fue derrota; fue la transacción divina para desenterrar lo que para otros no tenía valor.

Ahora, habiendo comprado el campo, Yeshúa está en proceso de redención total:

  • Desenterrando Su tesoro: llamando a los que estaban perdidos.
  • Purificándolo: quitando la suciedad del pecado y la mundanalidad.
  • Preparándolo: para presentarlo como joya preciosa en Su Reino.

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.”

1 Pedro 2:9

Pedro toma las promesas del Tanaj (Antiguo Testamento) y las aplica a los redimidos en el Mesías, afirmando que somos Su tesoro, Su “segulá”, comprados con la sangre del Cordero.

Tú no eres un accidente, ni un número más en la multitud. Eres la joya por la que Él entregó todo. Él vendió todo para comprarte, y ahora te llama: Su tesoro, Su herencia, Su alegría. 

La disposición del Corazón para obtener el tesoro

La parábola del tesoro escondido no solo revela el amor del Mesías que nos busca, sino también la respuesta que Él espera de quienes le encuentran. El hombre que halló el tesoro no lo tomó a la ligera. No lo consideró un accesorio más en su vida; lo vio como lo único que realmente importaba. Por eso, “lleno de gozo”, vendió todo lo que tenía para comprar el campo (Mateo 13:44).

 

Esa es la imagen del verdadero discípulo: aquel que, al conocer al Mesías y al Reino, entiende que no hay nada más valioso que Él, y por eso no duda en rendirse por completo.

Un amor total, no a medias

En el Tanaj (Antiguo Testamento) en el “Shemá” se enseña que cuando se trata del amor a Dios, Él pide más que devoción externa, pide todo el ser, el pacto que Dios establece con su pueblo exige un amor sin reservas:

“Amarás a YHVH tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.”

Deuteronomio 6:5

Este no es un simple mandato religioso. Es una declaración de lo que Dios espera de Su pueblo: un amor total, sin divisiones, firme, absoluto y ferviente. Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, significa que no hay área de nuestra vida que quede fuera del pacto: emociones, decisiones, deseos, recursos, voluntad… todo está incluido en la entrega.


Yeshúa no anuló este principio, lo reafirmó con total autoridad divina:

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más grande mandamiento.”

Mateo 22:37–38

Con estas palabras, el Mesías valida no solo la vigencia de la Torá, sino el nivel de compromiso que el Reino exige. Él no vino a buscar simpatizantes espirituales, sino amantes apasionados de Dios, que respondan a Su amor con entrega completa.


Amar así, es el fundamento del discipulado. No se trata solo de “obedecer por obedecer”, sino de amar tanto al Señor, que nuestra obediencia y rendición se conviertan en deleite y gozo para Dios. Debe ser un amor que arda como fuego santo y consuma todo lo que nos separa de Dios, queme los ídolos del corazón (de los que muchas veces ni siquiera somos conscientes) y nos conduzca a Su voluntad.


Por eso, la parábola del tesoro escondido tiene tanto sentido: cuando hallas a Dios, cuando ves Su gloria y Su gracia, todo lo demás pierde peso. No se trata de hacer sacrificios amargos, sino de entregar todo con gozo, porque has encontrado el bien más precioso. Este mandamiento no ha cambiado. El amor total a Dios sigue siendo el corazón del Reino. Y solo ese tipo de amor podrá sostenernos en los días que están por venir.


Cuando el alma contempla la belleza del señor todo lo demás se vuelve pequeño.

“Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo”

Salmo 27:4

Aquel que encuentra el tesoro del Reino (Yeshúa), vive para contemplar la hermosura de ese tesoro todos los días; mientras, todo lo demás pierde valor.


Respecto al amor por el mundo y todo lo que está en él, Yeshúa dijo con claridad :

“El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí… y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.”

Mateo 10:37–39

“Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo..”

Lucas 14:33

Yeshúa no buscaba multitudes cómodas, sino discípulos entregados Nos llama a un amor sin reservas, un amor que pone al Señor por encima de todo lo demás, comodidades, dinero, éxito, cosas, personas, incluso nuestra propia vida.

El valor del tesoro transforma tus prioridades

El apóstol Pablo llego a un entendimiento profundo de esto:

“Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo… y las tengo por basura, para ganar a Cristo.”

Filipenses 3:7–8

Pablo no hablaba solo de abandonar el pecado; hablaba de renunciar incluso a logros, estatus y orgullo personal. Todo se vuelve “basura” comparado con el tesoro que es el Mesías. El que encuentra el Reino no calcula el costo, entrega el corazón. Ya no vive aferrado a lo que puede retener, sino gozoso de lo que puede entregar, porque cuando se tiene a Yeshúa, se tiene todo.

“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?

Y fuera de ti nada deseo en la tierra.”

Salmos 73:25

Ser discípulo no significa ser simpatizante de la causa, ni decir que Yeshúa es el Señor o portarse bien dentro de los parámetros de lo moralmente correcto. Ser discípulo es rendirlo todo con alegría porque hemos encontrado algo infinitamente mejor. Lo encontramos a Él.

 

Esto significa que es nuestro deber vivir felices incluso cuando las cosas no salen como esperamos, porque nuestra alegría ya no dependerá de las circunstancias, sino al entender que Él es nuestro tesoro, nuestra herencia. David entendió esto, por eso con una convicción profunda dijo:

“Yo le he dicho al Señor: «Mi Señor eres tú. Fuera de ti, no poseo bien alguno»…Tú, Señor, eres mi herencia y mi copa; eres tú quien ha afirmado mi porción.6 Bellos lugares me han tocado; ¡preciosa herencia me ha correspondido!”

Salmo 16:2, 5-6.

Quien ha encontrado a Yeshúa ya no vive por lo que el mundo puede ofrecer, sino por la belleza de una herencia eterna, que es más valiosa que todo lo demás junto.

 

Hoy, el llamado que Dios nos hace, es a cambiar de enfoque a rendir el corazón por completo. La verdadera conversión no es cambiar de religión; sino dejar de ser “el dueño” del campo y entregárselo a Él. Es abrazar a Yeshúa con todo el corazón y soltar todo lo que alguna vez nos pareció valioso.

 

Al igual que en tiempos pasados, aquel tesoro en el campo, sigue escondido a los ojos del mundo, pero se revela a los corazones dispuestos. Yeshúa no se reservó nada: dejó Su trono, se despojó de Su gloria y entregó Su vida entera por amor.

  ¿Cómo podríamos responder con menos?

“El que encuentra el Reino 👑 no calcula lo que pierde, celebra lo que ha hallado.🥳

Porque el tesoro no se posee… se abraza🫂.
Y quien lo abraza, nunca vuelve a ser el mismo.”

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