Serie: Las Fiestas del Señor. (Fiesta N° 1)
¿Por qué Dios ordenó a Israel sacrificar un cordero y marcar con su sangre las puertas?
¿Qué tiene que ver la Pascua bíblica con Yeshúa (Jesús) y nuestra salvación hoy?
¿Es la Pascua solo un recuerdo histórico para los judíos, o una fiesta profética que todo creyente necesita comprender?
“Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas donde lo han de comer.”
“Porque nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.”
Pasajes de Apoyo:
Éxodo 12:1–14 ; Éxodo 12:5; 1 Pedro 1:18–19 ; Números 9:1-14 ; Números 28:16-25 ;Levítico 23:4-8 ; Éxodo 13: 1-16 ; Éxodo 12:12–13; Hebreos 9:22 ; Juan 1:29 ; Mateo 26:17–29 ; Isaías 53:7; Apocalipsis 5:6–9
Iniciamos este estudio de las fiestas del Señor con la primera de las fiestas de primavera. “Pesaj”
¿Qué es Pesaj (la Pascua)?
Pesaj (פֶּסַח), conocido también como Pascua, significa “pasar por alto” o “proteger”. Es la primera de las fiestas establecidas por Dios en la Torá mencionadas en Levítico 23 y recuerda la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. En la primera Pascua, cada familia debía sacrificar un cordero sin defecto y poner su sangre en los dinteles de la casa. Cuando el ángel destructor veía la sangre, pasaba de largo, y los primogénitos de Israel quedaban a salvo (Éxodo 12).
Para el pueblo judío, Pesaj no es solo un recuerdo histórico, es el fundamento de su identidad como nación escogida, apartada y redimida. Marca el inicio del calendario bíblico y se celebra cada año con una cena especial llamada “Seder de Pesaj”, donde se relatan los milagros del éxodo, se come pan sin levadura con hierbas amargas, y se proclama que Dios es el libertador que cumple sus promesas.
Sin embargo, Pesaj es mucho más que un evento histórico. Cada detalle —el cordero, la sangre, el pan sin levadura— apuntaba a una redención mayor. El éxodo de Egipto era una sombra del verdadero éxodo que Dios cumpliría en el Mesías, no solo liberar de la esclavitud física, sino del pecado y de la muerte.
Esta señal profética del Cordero perfecto que vendría, la Biblia ya nos lo había anticipado siglos antes. Cuando Abraham subía al monte con Isaac, le dijo: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto” (Génesis 22:8). Esa frase profética se cumplió en Yeshúa (Jesús), el verdadero Cordero que Dios entregaría para salvar al mundo. El apóstol Pedro lo confirma: “Ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 Pedro 1:20). Esto nos muestra que Pesaj no fue un evento improvisado, sino que desde la eternidad, el Cordero ya había sido escogido.
El Nuevo Pacto revela el cumplimiento de estas profecías, en la misma fecha en que Israel sacrificaba el cordero pascual, Yeshúa entregó su vida en la cruz. Su sangre ahora libraría al mundo de algo más que una plaga temporal; nos libraría de la condenación eterna. Entender Pesaj es comprender el inicio del camino redentor del Señor, el fundamento de nuestra fe y la puerta de entrada al calendario profético de Dios.
El tikún (restauración) y la Alef perdida
En la tradición hebrea, se habla del tikún (תיקון), la reparación o restauración de lo quebrado por el pecado. Se dice que cuando Adán pecó, la humanidad perdió la Alef (א), la primera letra del alfabeto hebreo que simboliza a Dios mismo, el Uno, la unidad divina.
Adam (אדם) == hombre → dam (דם) == sangre
La palabra Adam significa “hombre” o “humanidad”. Lleva dentro la letra Alef (א), símbolo de Dios, el Uno y la fuente de vida. Mientras el hombre permanece unido a Dios, su vida tiene plenitud. Pero si se quita la Alef, queda dam (דם), que significa sangre. Es decir, que el hombre quedó reducido a carne y mortalidad. Cuando Adán pecó, perdió esa conexión con la presencia divina y quedó sujeto a la fragilidad y a la corrupción de la carne. El hombre sin Dios es solo “dam”: sangre que tarde o temprano perece.
Emet (אמת) == verdad → met (מת) == muerte
La palabra Emet significa “verdad” y está formada por la primera letra del alfabeto (Alef), la del medio (Mem) y la última (Tav), mostrando que la verdad de Dios es total y completa ya que va desde el principio hasta el fin. Pero si la Alef es quitada de esta palabra, queda met (מת), que significa muerte. Esto enseña que cuando el hombre rechaza a Dios, rechaza la verdad misma y se expone a la muerte.
Aquí encontramos lo que espiritualmente sucedió en el Edén: la serpiente introdujo la duda, la mentira y el engaño; a lo cual, Adán y Eva creyeron, le dieron mas peso a la voz mentirosa de la serpiente que a la del Creador. Al abandonar la verdad de la Palabra de Dios, se desconectaron del Señor y su Verdad (Emet) quedando solo en met. Yeshúa lo afirma con claridad: “Tu palabra es verdad” (Juan 17:17).
La verdad está ligada a la Palabra eterna de Dios; separarse de ella es caminar en mentira, incertidumbre y en muerte. Pero Yeshúa, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14:6), vino a restaurar la Emet perdida y a devolvernos la vida eterna.
Adonai (אדני) == Señor → din (דין) == juicio
El nombre Adonai con Alef (א) significa “Señor”, el soberano lleno de misericordia. Pero si se quita la Alef, queda din (דין), que significa juicio. El hombre, al pecar, renunció al señorío de Dios y se expuso al peso de Su justicia. Sin la presencia del Alef (Dios), lo que queda no es gracia, sino condena. Esto refleja la condición de la humanidad después del Edén: en lugar de vivir bajo el cuidado de Dios (Adonai), quedó bajo juicio por la transgresión. Solo con la obra redentora del Mesías, el juicio (din) es transformado en perdón y reconciliación.
De este modo, espiritualmente el pecado de Adán significó la pérdida de la Alef, la desconexión con Dios. Desde entonces, la humanidad quedó reducida a dam: fragilidad y mortalidad; bajo din: el peso del juicio; y en met: muerte, al haber abandonado la verdad. Sangre, juicio y muerte marcaron el destino del hombre separado de su Creador.
Pero en la cruz, Yeshúa realizó el verdadero tikún (rectificación), la restauración de la Alef perdida. Con su sangre preciosa nos reconcilió con Dios (“estando nosotros aún lejos, fuimos hechos cercanos por la sangre del Mesías”, Efesios 2:13), transformó el juicio en gracia (“ninguna condenación hay para los que están en el Mesías Yeshúa”, Romanos 8:1) y cambió la muerte en vida eterna (“el don de Dios es vida eterna en el Mesías Yeshúa”, Romanos 6:23).
Lo que en Edén se quebró, en el Gólgota fue restaurado. Su sacrificio no solo cubre el pecado (“la sangre de Yeshúa nos limpia de todo pecado”, 1 Juan 1:7): restaura la comunión rota (“teniendo paz para con Dios por medio de nuestro Señor Yeshúa”, Romanos 5:1) y devuelve al hombre la vida abundante y eterna en la verdad de Dios (“yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”, Juan 10:10; “tu palabra es verdad”, Juan 17:17; “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.” Juan 8:32).
1. Pesaj: redención por la sangre
La sangre es un tema central en la Biblia porque está directamente relacionada con la vida y la justicia divina. En Levítico 17:11 Dios declara: “La vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado sobre el altar para hacer expiación por vuestras almas; porque la sangre es la que hace expiación por la persona”.
Desde el inicio, la consecuencia del pecado fue la muerte: “el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17; Romanos 6:23). La justicia de Dios exige que el pecado sea pagado con la vida. Por eso, desde el Edén, Dios mismo vistió a Adán y a Eva con túnicas de pieles (Génesis 3:21). Para el judaísmo, este acto muestra la misericordia divina que cubre la vergüenza humana; para en la visión mesiánica, fue el primer sacrificio sustitutorio; la vida de un inocente fue dada para cubrir la desnudez del culpable. Allí comienza el principio que más tarde se revelaría en los sacrificios de la Torá y que encuentra su plenitud en el Mesías.
En la primera Pascua, la señal de la sangre en los dinteles de las casas no fue solo un detalle simbólico, fue el sustituto del juicio. Donde había sangre, la justicia de Dios quedaba satisfecha y el ángel destructor pasaba por alto. El hebreo de Pesaj (פֶּסַח) no solo significa “pasar por encima”, sino también “proteger, cubrir”. Es la imagen del Padre que cubre a su pueblo del juicio por medio de la sangre del cordero.
La sangre del Cordero en Yeshúa
Todo este mecanismo de expiación de los pecados por medio de la sangre, apuntaba a la obra redentora de Yeshúa, el Cordero sin mancha. Su sangre no solo cubre, sino que redime, paga el precio de la justicia exigida por Dios por causa de nuestro pecado y nos da vida eterna.
Nos limpia: “la sangre de Yeshúa nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).
Nos justifica: “justificados en su sangre” (Romanos 5:9).
Nos da acceso: “tenemos confianza para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Yeshúa” (Hebreos 10:19).
Su muerte no fue un accidente o un evento fuera del control de Dios, sino que fue el cumplimiento de un plan eterno, Su plan eterno: “el Cordero que fue inmolado desde antes de la fundación del mundo” (Apocalipsis 13:8).
La sangre como señal de fe, obediencia y pacto
2. El Cordero sin defecto
El cordero de Dios
El sacrificio de Pesaj debía ser un cordero o un cabrito: “El animal será sin defecto, macho de un año; lo tomaréis de las ovejas o de las cabras” (Éxodo 12:5). El término hebreo keves (כֶּבֶשׂ) se refiere a un cordero joven, y ez (עֵז) a un cabrito. Ambos animales comparten las mismas características: mansedumbre, vulnerabilidad y completa dependencia del cuidado del pastor.
No era un toro fuerte ni un animal salvaje, sino uno débil e indefenso, lo que mostraba que la redención vendría no por fuerza humana, sino por la obediencia perfecta del siervo. Yeshúa cumplió esta figura plenamente; de hecho, Juan el Bautista lo señaló diciendo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Su mansedumbre y sumisión reflejaron ese carácter anunciado por el profeta Isaías: “como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:7).
Sin defecto alguno
El cordero debía ser sin defecto. El hebreo usa la palabra tamim (תָּמִים), que significa intacto, íntegro, completo, perfecto, sin mezcla ni doblez. No se trataba solo de la ausencia de fallas físicas, sino de un estado de plenitud. En otros pasajes, tamim también se traduce como “íntegro de corazón” o “maduro”, como cuando Dios ordena: “Serás íntegro (tamim) delante de YHWH tu Dios” (Deuteronomio 18:13).
Este requisito reflejaba que el cordero debía expresar la santidad misma de Dios. Yeshúa fue ese tamim perfecto: Pilato declaró “no hallo en él ningún delito” (Juan 18:38), uno de los malhechores reconoció “este hombre ningún mal hizo” (Lucas 23:41), y la Escritura asegura que fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Pedro lo resume con claridad: “fuisteis rescatados con la sangre preciosa del Mesías, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).
Además, si nos remitimos a la gematría hebrea —un método tradicional que asigna un valor numérico a cada letra para descubrir significados espirituales ocultos en las palabras— encontramos algo profundo e interesante. Tamim suma 490 (ת=400, מ=40, י=10, מ=40). Este número equivale a 70×7, el mismo patrón de plenitud y perdón que Yeshúa enseñó cuando dijo: “no te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22). También conecta con las setenta semanas de Daniel (Daniel 9:24), profecía de los 490 años que anuncia la llegada del Mesías para poner fin al pecado y traer justicia eterna.
Así, el requisito de que el cordero fuera tamim no era un simple requisito litúrgico, era una profecía escondida, velada. Señalaba al Mesías, como alguien que sería íntegro y maduro en todo, santo en su caminar, y que traería la redención completa en el tiempo señalado por Dios.
Selección del cordero
Este cordero debía ser escogido el día 10 de Nisán y guardado hasta el día 14, es decir, era seleccionado cuatro días antes de la Pascua, mientras era inspeccionado para confirmar que no tuviera defecto (Éxodo 12:3–6). Aquí encontramos un paralelo profético extraordinario. El Mesías fue escogido desde antes de la fundación del mundo: “sino con la preciosa sangre del Mesías, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1 Pedro 1:19–20).
Según el conteo hebreo, Yeshúa apareció alrededor del año 4.000 desde Adán, cumpliendo con el tiempo señalado. La Biblia dice que “para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8; Salmo 90:4). Así, su venida al “cuarto día” de la historia humana refleja la selección del cordero cuatro días antes de la Pascua. En la creación, en el cuarto día Dios puso las lumbreras para señalar los tiempos y las citas divinas (Génesis 1:14); en el cuarto milenio, apareció la verdadera Luz del mundo, el Cordero escogido que sería examinado y luego entregado por la redención de muchos.
Así como el cordero era apartado cuatro días antes de Pesaj, Yeshúa fue presentado públicamente en Jerusalén el día 10 de Nisán durante su entrada triunfal (Mateo 21:8–9). Desde ese momento, fue examinado rigurosamente durante cuatro días por fariseos, saduceos, escribas y por el sumo sacerdote, quienes intentaron hallar en Él falta alguna mediante preguntas capciosas y hasta mal intencionadas para hacerle caer (Mateo 22 al 26). Sin embargo, como el cordero pascual, no se encontró en él ningún defecto.
Sacrificio del cordero
El requisito siguiente era que el cordero debía ser inmolado el día 14 de Nisán “entre las dos tardes” (Éxodo 12:6), una expresión hebrea (bein ha’arbayim) que se entiende como el tiempo entre las tres y las seis de la tarde.
Precisamente a la hora novena, es decir, alrededor de las 3 pm, Yeshúa entregó su espíritu (Mateo 27:45–50), exactamente cuando los corderos pascuales eran sacrificados en el Templo. Esto no fue una coincidencia, el calendario profético de Dios estaba cumpliéndose al detalle.
Los sacrificios de animales habían sido un sistema provisional. La sangre de los corderos en Egipto libró de la muerte, pero no podía quitar el pecado de raíz. El libro de Hebreos lo deja claro: “la sangre de toros y de machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4). Todos esos sacrificios eran una sombra, un anuncio de lo que vendría. Pero cuando Yeshúa se entregó en el mismo momento del sacrificio pascual, cumplió lo que esos sacrificios solo anunciaban: “este, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios” (Hebreos 10:12).
De lo temporal pasamos a lo perfecto: lo que antes debía repetirse año tras año con corderos sin defecto, ahora se cumple de manera definitiva en el Cordero de Dios, cuya sangre no solo libra del juicio, sino que redime y da acceso eterno a la presencia del Padre.
En la liturgia del Templo, la hora novena (3 pm) era el momento del sacrificio vespertino (tamid shel bein ha’arbayim; Números 28:3–4; Éxodo 29:38–41). Ese sacrificio diario representaba expiación continua por el pueblo. Justo en ese mismo horario Yeshúa murió. Además, podemos ver como los Salmos de la aflicción del justo se entrelazan con ese momento de Yeshúa en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1), palabras que Yeshúa citó en la cruz; “horadaron mis manos y mis pies” (Salmo 22:16); “repartieron entre sí mis vestidos” (Salmo 22:18). Todo se cumplía proféticamente en el tiempo exacto que Dios había señalado desde Éxodo.
La sangre del cordero en Egipto debía ponerse en los postes y el dintel de las casas (Éxodo 12:7), señalando seguridad para todos los que estaban detrás de esa puerta, bajo esa cobertura. Proféticamente, Yeshúa se proclamó como “la puerta” (Juan 10:9): así como los israelitas estaban a salvo tras las puertas marcadas con sangre, todo el que entra por Él tiene vida y salvación.
Consumo del cordero
El cordero debía ser comido esa misma noche, sin dejar nada para la mañana, y sus huesos no debían ser quebrados (Éxodo 12:8–10, 46). Esto también se cumplió con exactitud en Yeshúa: murió en el mismo día de Pesaj, no quedó en la cruz para el día siguiente, y cuando los soldados vinieron a quebrar las piernas de los crucificados, al ver que Él ya había muerto, no le quebraron hueso alguno (Juan 19:33–36), cumpliendo así la profecía del salmista: “El guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado” (Sal 34:20).
El mandato de no dejar nada del cordero para el día siguiente tiene un profundo sentido profético. Así como el maná no podía guardarse de un día para otro (Éxodo 16:19–20), también el cordero debía consumirse en su totalidad esa misma noche. Ambos elementos apuntan a que la provisión de Dios es completa y suficiente en su momento. En Yeshúa esto se cumplió plenamente: su sacrificio no fue parcial, sino completo, perfecto y definitivo. Por eso pudo proclamar en la cruz: “Consumado es” (Juan 19:30). Él es el Pan de vida y el Cordero de Dios, cuya obra no necesita repetición, porque en un solo acto eterno aseguró la redención total de los que creen en Él.
Algo importante a tener en cuenta, es que la Torá establece que quien no participaba de Pesaj era cortado del pueblo (Números 9:13), mostrando que Pesaj para Dios no era una simple tradición cultural ordenada a un pueblo, sino que era la señal misma de pertenencia al pacto.
Proféticamente, esto se cumple en Yeshúa: quien no tiene al Hijo no tiene al Padre, y quien no entra bajo la sangre del Cordero queda fuera de la redención. Así como en Egipto la sangre en los dinteles marcaba quién pertenecía al pueblo protegido, hoy la sangre del Mesías distingue a los que son verdaderamente parte del Reino de Dios.
Cada detalle del cordero de Pesaj estaba diseñado para señalar proféticamente al Mesías. Desde Abraham en el monte Moriah hasta la Pascua en Egipto, todo anunciaba que Dios mismo proveería al Cordero perfecto. Y en Yeshúa, el Cordero escogido desde la eternidad, se cumplió la redención del hombre en el tiempo señalado.
3. De la maldición a la bendición en el Mesías
El pecado en el Edén no solo trajo separación de Dios, sino también maldición sobre el hombre, la mujer, la serpiente y la tierra misma. En el libro del Génesis en el capítulo 3, se nos describe cómo la desobediencia trajo a la humanidad dolor, sufrimiento y muerte:
- A la mujer: dolor en la concepción y sujeción etc. (Génesis 3:16).
- Al hombre: trabajo arduo y sudor para obtener alimento etc. (Génesis 3:17,19).
- A la tierra: espinos y cardos como señal de la corrupción de la creación (Génesis 3:18).
- A la serpiente: humillación y destino de derrota (Génesis 3:14–15).
Desde entonces, toda la humanidad ha vivido bajo el peso de estas maldiciones, que la Torá más adelante amplió y detalló (Deuteronomio 28). Pero es importante entender que la Ley en sí misma no es maldición —de hecho, es santa, justa y buena (Romanos 7:12)—, sino que la maldición viene como consecuencia de quebrantar lo que Dios estableció como bueno. La desobediencia y la rebeldía al diseño divino es lo que abre la puerta a enfermedad, pobreza, derrota, exilio, sufrimiento y muerte.
Si quieres profundizar más en lo que respecta a la Ley, su vigencia y significado, te invito a leer la Serie “¿Terminó la Ley en la cruz?”, dividida en seis (6) enseñanzas.
El Mesías que llevó la maldición y el castigo
Cuando a Yeshúa le pusieron la corona de espinos en su cabeza (Mateo 27:29), no fue una ocurrencia de los soldados romanos. Los espinos y cardos fueron precisamente el fruto de la maldición sobre la tierra (Génesis 3:18). En lo profético, Él estaba llevando en su frente el signo visible de la maldición del Edén. Lo que salió de la tierra maldita fue puesto sobre la cabeza del Redentor para que en Él fuésemos libres.
El profeta Isaías había anunciado: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is 53:5). Cada herida que Yeshúa recibió estaba cargada de significado: no fueron solo golpes, sino la transferencia del castigo que nos correspondía a nosotros.
El apóstol Pablo lo expresa de forma contundente: “Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:14). En la cruz, Yeshúa no solo llevó la maldición del Edén, sino que también canceló la deuda de pecado que nos condenaba. Allí el acusador perdió su derecho legal, porque la justicia de los que creen ahora descansa en el Mesías mismo.
Los 39 azotes: la medida del juicio
En la tradición judía se entiende que, a raíz del pecado en el Edén, el hombre, la mujer, la serpiente y la tierra recibieron un total de 39 maldiciones. Cada esfera de la creación fue tocada por la desobediencia: la humanidad con dolor, sudor y muerte; la tierra con espinos y cardos; la serpiente con humillación y derrota. Desde ese momento, todo lo creado quedó bajo maldición y gemido, como lo explica Pablo: “la creación misma gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22).
La Torá estableció que, como castigo máximo, un hombre podía recibir 40 azotes menos uno (Deuteronomio 25:3). La tradición rabínica fijó este límite en 39 azotes, para no excederse en la pena. De hecho, Pablo lo confirma al decir: “De los judíos cinco veces he recibido 40 azotes menos uno” (2 Corintios 11:24). Cuando Yeshúa fue entregado para ser azotado, proféticamente estaba recibiendo en su propio cuerpo la medida total del juicio que nos correspondía por el pecado.
Los 39 azotes simbolizan que el Mesías cargó sobre sí la suma de todas las maldiciones que entraron desde el Edén: enfermedad, dolor, derrota, esclavitud y muerte. Cada azote sobre la espalda de Yeshúa fue, en lo espiritual, el traspaso de nuestras maldiciones a su cuerpo inocente. El apóstol Pablo lo resume poderosamente: “El Mesías nos redimió de la maldición de la Ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13). En otras palabras, Él no solo pagó con su sangre para limpiar nuestro pecado, sino que cargó en su carne el peso de la maldición que merecíamos. El juicio que debía caer sobre nosotros cayó sobre Él, satisfaciendo en su propia vida la justicia del Señor.
Por eso, cuando hablamos de los 39 azotes, no recordamos un acto de brutalidad sin sentido, sino un momento clave en el plan de redención: allí Yeshúa asumía, en nuestro lugar, cada maldición que el pecado había desatado. En sus llagas está nuestra sanidad (Isaías 53:5), en su dolor nuestra paz, y en su vergüenza nuestra restauración.
4. El acceso restaurado: del velo al trono de la gracia
En la Torá, se establece que el sumo sacerdote debía entrar una vez al año (Yom Kipur) en el Lugar Santísimo, llevando sangre para hacer expiación sobre el propiciatorio del arca, llamado en hebreo como el kappóret (כַּפֹּרֶת), el punto donde la gloria de Dios se manifestaba entre los querubines (Levítico 16:2). Ese acto era secreto, realizado tras un velo, y solo el sacerdote podía acercarse.
Pero en el momento en que Yeshúa entregó su espíritu, “el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba hacia abajo” (Mateo 27:51), como una declaración celestial: el acceso al Lugar Santísimo fue abierto por Dios mismo. El hecho de que el velo se rasgara “de arriba hacia abajo” muestra que fue el cielo quien tomó la iniciativa; no el hombre intentando acercarse a Dios, sino Dios abriendo el camino hacia sí mismo.
El apóstol Pablo declara que “Dios lo exhibió públicamente como propiciación (hilastērion) por medio de su sangre” (Romanos 3:25). Lo que antes ocurría en secreto en el Tabernáculo o en el Templo, ahora era manifestado a plena vista del mundo, el madero se convirtió en el nuevo propiciatorio, donde la sangre del Cordero derramada sobre la tierra misma, reconciliaba el cielo con la humanidad.
Por eso el autor de Hebreos nos exhorta: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Yeshúa, por el camino nuevo y vivo que Él inauguró a través del velo, esto es, de su carne… acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia (el kappóret)” (Hebreos 10:19–22; 4:16). La reconciliación ya no se hace tras un velo ni por un sacerdote humano. El mismo Mesías el Cordero, es el Sumo Sacerdote eterno, el Propiciatorio y el Camino. En Él, el cielo y la tierra volvieron a unirse; la presencia de Dios volvió a habitar entre los hombres.
Pesaj: del Éxodo al Reino eterno
El señor no estableció la fiesta de Pesaj como un acto individual, sino como un mandato para ser cumplido en comunidad. En Éxodo 12, cada familia debía reunirse para comer del cordero y estar bajo la misma sangre. En el Nuevo Pacto, este principio se prolonga en la Cena del Señor: “Todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga” (1 Corintios 11:26). La redención es la proclamación de un pueblo que celebra juntos su libertad en el Mesías.
Pero Pesaj también es profecía futura. Así como Israel salió de Egipto y Yeshúa cumplió Pesaj (la Pascua) en la cruz, la Escritura nos revela que habrá un día final donde se celebrará la gran cena de las bodas del Cordero, cerrando el ciclo de fiestas del mapa de redención.
“¡Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria! Ya ha llegado el día de las bodas del Cordero. Su novia se ha preparado y se le ha concedido vestirse de tela de lino fino, limpio y resplandeciente». (El lino fino representa las acciones justas de los creyentes). El ángel me dijo: «Escribe: “¡Dichosos los que han sido convidados a la cena de las bodas del Cordero!”». Y añadió: «Estas son las palabras verdaderas de Dios».”
Allí se consumará la redención, cuando la novia —la comunidad redimida de toda nación, que guarda los mandamientos y la fe en Yeshúa— se una con el Cordero en una celebración eterna. Pesaj, entonces, no solo recuerda lo que pasó ni lo que ya se cumplió, sino que nos apunta a lo que vendrá: la redención definitiva del Mesías sobre el pecado, la muerte y la maldición.
Este entendimiento nos lleva a un contraste inevitable: mientras el mundo ha sustituido las fiestas del Señor por fiestas humanas —en el caso de Pesaj, con la Pascua con conejos y huevos, Semana Santa folclórica, tradiciones culturales que nada tienen que ver con la Palabra—, Dios nos llama a volver a su calendario profético. Él nos invita a participar del verdadero banquete: el Cordero inmolado que fue entregado por nosotros.
Pesaj Shení: La Fiesta de la Segunda Oportunidad
“Habló YHWH a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, diciendo: Cualquiera de vosotros o de vuestros descendientes que estuviere impuro por causa de muerto, o que estuviere de viaje lejos, celebrará la Pascua a YHWH. En el mes segundo, a los catorce días del mes, entre las dos tardes, la celebrarán; la comerán con panes sin levadura y con hierbas amargas.”
Pesaj es el inicio del plan redentor, la base de nuestra fe y la llave que abre el calendario profético de Dios. Nos recuerda que fuimos liberados de la esclavitud, que hemos sido redimidos por la sangre, y que esperamos con gozo la cena eterna en el Reino. No abrazar Pesaj es perder el mapa de la redención; abrazarlo es reconocer al Mesías como el Cordero que fue, es y será nuestra salvación.
Pesaj no es historia pasada, es el fundamento de nuestra fe. La sangre del Cordero nos abre la puerta de la vida.
En Edén se perdió la Alef, en Egipto se derramó sangre de cordero, en el Gólgota se cumplió la redención, y en las bodas del Cordero se consumará la victoria. Pesaj no terminó: es la señal eterna de que nuestra redención está completa en Yeshúa.

En la próxima enseñanza veremos:
“Matzot y Primicias: la victoria sobre el pecado y la muerte”
Mientras Israel celebraba Jag HaMatzot, Yeshúa en su sepultura estaba quitando el pecado del mundo, como el Pan sin levadura, puro y sin corrupción. Y en Bikurim (Primicias), Su resurrección inaugura la nueva creación: el primer fruto de una cosecha eterna.
¡No faltes… la redención va tomando forma fiesta tras fiesta! … hasta la próxima!
