Paternidad a la manera de Dios, Grieta N° 3: El Ejemplo Equivocado

Serie: El diseño divino de la paternidad.

“El justo que camina en su integridad; dichosos sus hijos después de él.” / “ Imítenme, así como yo imito a Cristo.”
— Proverbios 20:7 / 1 Corintios 11:1

Lo que ven, hacen: camina delante de ellos porque tus pasos hablan más fuerte que tus palabras.

Nuestros hijos aprenden por imitación antes que por instrucción. La Biblia llama a la vida cotidiana “caminar”: no es lo que decimos una vez, sino como andamos todos los días. Cuando el papá predica valores que no practica como la honestidad, pureza, dominio propio, mansedumbre, etc. El mensaje se vuelve confuso, pero por lo general los hijos copiarán lo que ven y no lo que escuchan.

 

Esta grieta no siempre se nota al principio; se filtra poco a poco, en pequeñas incoherencias como: promesas que no se cumplen, “mentiras piadosas”, ira mal manejada, orgullo, malas palabras, falta de compasión, gritos o hablar con dureza, indiferencia ante Dios, tratar con desprecio a la esposa, adicciones secretas, inmoralidad. El resultado es predecible: la casa se guía por lo que se ve, no por lo que se oye.


En esta día veremos cómo la falta de ejemplo desvía a los hijos, y como encontrar el camino de regreso: la paternidad que refleja el carácter de Dios, hace del hogar una escuela viva de integridad.

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“Da clic aquí, para ver la cita completa” Deuteronomio 6:1-9  / Juan 13:1-15 

Los hijos siempre siguen el ejemplo de lo que ven en casa
padres enseñan a sus hijos a caminar en la vida
Distorsión N° 3: Ejemplo Equivocado (modelos que desvían)

los hijos imitan al padre, los hijos sigue el ejemplo del padreEn la historia bíblica, Jeroboam se convirtió en un referente de la maldad y la desobediencia porque “hizo pecar a Israel(1 Re 14:16; 15:34). Su liderazgo modeló idolatría, desobediencia y desorden; inventó fiestas, construyó altares y nombró sacerdotes que no eran levitas (1 R 12:26–33) y generaciones después los reyes que no hacían las cosas bien, eran evaluados así: “anduvo en el camino de Jeroboam”. Su ejemplo y sus decisiones marcaron un “camino” que otros siguieron, no fueron solo sus leyes, altares o ídolos; fue su conducta la que formó el rumbo. Su “modo de andar” enseñó al pueblo a hacer lo mismo.


Llevado a hoy: los hijos repiten lo que ven. Si papá manipula, miente, grita, se burla, bebe, consume drogas, fuma, dice malas palabras, ve pornografía, desprecia la ley o humilla a su esposa, aunque prohíba esas conductas, con su ejemplo enseña a practicarlas

 

En lo emocional, la incoherencia entre palabras y actos provoca en los hijos confusión (“¿qué es verdad?”), rabia e impotencia (“una cosa dice y otra hace”) y antipatía espiritual (“Eso que Dios cambia a las personas, no es verdad”). En lo social, aparecen la doble vida y la normalización del pecado (“todos lo hacen”). En lo espiritual, la fe se reduce a rutinas sin obediencia. Así, nuestra casa deja de formar seguidores de Dios, verdaderos discípulos y empieza a producir reacciones nocivas como: rebeldía, cinismo o una religiosidad hipócrita y vacía.

 

Frente a ese daño, hay una regla simple que no falla y lo resume todo:

“Lo que haces habla tan fuerte que no puedo escuchar lo que dices”

Atribuido a Ralph Waldo Emerson

“Predica todo el tiempo; y si es necesario, habla.”

Atribuido a San Francisco de Asís

Estas frases, más allá de su autor exacto, nos recuerdan una verdad sencilla y es que el ejemplo pesa más que las palabras. Nuestros hijos antes que las palabras “leen” el tono, los hábitos y las decisiones que como padres reflejamos.

 

Esto puede sonarte abrumador, una responsabilidad prácticamente imposible de cumplir; sin embargo, te traigo una buena noticia, esto no se trata de ser perfectos, sino íntegros. Integridad no es “nunca fallar”, es alinear vida y mensaje, y cuando fallamos (que seguro lo haremos), debemos admitirlo, restaurar el daño hecho y regresar al camino. Padres que piden perdón, honran a su esposa, cumplen pequeñas promesas, apagan la pantalla para escuchar, guardan pureza en lo secreto, sirven a otros, oran, meditan en la palabra y viven un fe honesta, están predicando el Evangelio sin micrófono. Ese ejemplo abre el corazón de los hijos y les muestra un camino por el cual pueden andar.

 

Con esto en mente, veamos el contraste de cómo es el modelo del Padre y cómo, en Yeshúa (Jesús), se nos enseña a caminar de la manera correcta para que nuestros pasos vuelvan a guiar a nuestros hijos a casa.

El modelo del Padre: Seguir primero a Yeshúa (Jesús) marcando el camino a nuestros hijos

El Padre no nos dio solo discursos, mandatos y ordenanzas, nos dio a Yeshúa, ejemplo vivo, el modelo de mayor autoridad. “Tengan en ustedes esta misma actitud de Cristo” (Filipenses 2: 5–11),  quien siendo como Dios, no se aferró sino se humilló, sirvió y obedeció hasta la cruz. Por esa misma autoridad Él dice:

“… Aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas”

Mateo 11:29

también dice:

“Yo os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis”

Juan 13:15

Hijo imitando a su padre, los hijos reflejan las actitudes de sus padresYeshúa no esperó a que nosotros le amaramos primero para dar su vida por nosotros, Él “nos amó primero(1 Juan 4:19), murió por nosotros incluso siendo enemigos de Dios “Porque, si cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo…” Romanos 5:10. Su amor toma la iniciativa, no espera que el otro “sea perfecto” para acercarse, sencillamente lo hace primero.

 

Del mismo modo, como padres debemos ejercer esta forma de autoridad; una autoridad que proviene del ejemplo. Debemos humillarnos ante Dios, seguir sus caminos y obedecerle, así le marcamos el camino a nuestros hijos. La verdadera autoridad no se impone mediante la fuerza o las palabras, se pone de rodillas para servir, pide perdón cuando falla, protege sin humillar, corrige sin destruir, y lidera haciendo primero lo que pide. Cuando un hijo ve que su papá ora, trabaja con integridad, honra a su esposa, sirve a otros y es el primero en reconciliarse, entiende cómo es Dios en la práctica… y así querrá seguirle.

 

Pero claro, podrás decirme, “Jesús era Dios, el podía hacer todo eso, porque no luchaba con las cosas que yo lucho”. Déjame decirte que Yeshúa también fue tentado pero no pecó, como lo menciona la carta a los Hebreos

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”

Hebreos 4:15

Por eso Él puede compadecerse de nosotros y fortalecernos. Sin embargo, si todavía piensas:

 

“Él es Dios y por eso para Él fue más fácil obedecer, resistir y dar ejemplo; mientras que para mi, un hombre normal es prácticamente imposible de hacerlo”

 

Esta bien, digamos que acepto tu argumento. Pero entonces, déjame mostrarte lo que dijo el apóstol Pablo, un hombre de carne y hueso:

“Sed imitadores de mí, como yo de Cristo”

1 Corintios 11:1

¿Cómo pudo decir esto?, creo que la clave está en el libro de los Romanos, cuando dijo lo siguiente: :

“Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes.”

Romanos 8:11

Entonces, no se trata de perfección, sino de quien habita en nosotros, de permitirle al Espíritu Santo que obre en y a través de nosotros, de permitir que su Espíritu nos dirija y podamos reflejar al Padre Eterno.

 

Este es el camino: coherencia, verdad, humildad, constancia y honra. La integridad no es perfección sin errores; es coherencia no doble cara. Un padre íntegro no es el que nunca cae, sino el que se levanta, pide perdón, repara y sigue el camino que Yeshúa marcó

 

Haciendo esto,  nuestra cotidianidad se convertirá en un modelo creíble para nuestros hijos.

Primero en el corazón del padre, luego en el de los hijos (Dt 6:1–9)

El Padre aprende primero para enseñar a sus hijosEl orden de Dios para nuestros hogares es muy claro: primero el padre debe grabar la Palabra en el corazón (“grábate en el corazón estas palabras”, Dt 6:6) y después la inculca en sus hijos (vv. 7–9). No le exige a sus hijos comportamientos que el no es capaz de cumplir. Es decir, no se transmite lo que no se vive.

 

Amar a Dios con todo el corazón, alma y fuerzas (vv. 4–5) no es un tema de solo palabras, sino de rutinas diarias: hablar de la Palabra en casa y en el camino, al acostarse y al levantarse. Atarla a la mano y a la frente, y escribirla en los postes, es un mandato claro: la Palabra debe gobernar en todo lo que hacemos (manos), lo que pensamos (frente) y en el ambiente de nuestro hogar (marcos y puertas).

 

Un padre que ora frecuentemente con sus hijos, que abre la Biblia y se las lee a sus hijos, que les enseña como aplicarla en su vida diaria, que los bendice antes de dormir y al levantarse y que conversa con ellos en el camino al colegio, está “haciendo viva la Palabra en el hogar”. Así, la fe deja de ser un evento solamente de fin de semana y se convierte en un estilo de vida que los hijos pueden ver e imitar. 

La importancia de la vigilancia amorosa en un mundo que tira fuerte

También es verdad que, aun con buen ejemplo en casa, hay jóvenes que toman decisiones que no entendemos. Hay libertad y hay otras influencias que pesan: amigos, pantallas, redes sociales, ideologías y ofertas del mundo que prometen identidad rápida. Por eso, además del ejemplo, hace falta lo que llamo de manera coloquial: vigilancia amorosa: que se traduce en saber qué consumen en internet, con quiénes se relacionan, dónde y con quiénes pasan tiempo, y cómo se sienten.


No se trata de espiar, sino de acompañar de cerca: horarios y espacios sin pantalla (especialmente de noche), filtros básicos, conversaciones abiertas sobre sexualidad, autoestima, fe y propósito; saber con quienes se relacionan, conocer a sus amigos. 


El mensaje para el hijo debe ser claro: “puedes contar conmigo, aun si te equivocas”. El ejemplo traza el camino; los límites y la presencia cuidan en medio del camino hasta que las convicciones en ellos maduran y se hacen firmes.

Señales de alerta (auto-chequeo)

Antes de seguir, haz una pausa y evalúa si alguna de las siguientes señales están ocurriendo en tu hogar: 

    • Predicas paciencia, pero estallas en ira con frecuencia.

    • Exiges sinceridad, pero justificas mentiras útiles.

    • Prohíbes pantallas, pero vives pegado al celular.

    • Hablas de respeto, pero deshonras a tu esposa delante de los niños.

    • Prometes cosas… y no las cumples.

    • Pides devocional, pero nunca te ven orar o abrir la Biblia.

    • Corriges con dureza, pero no pides perdón cuando te equivocas.

    • Te ven distinto en la iglesia que en casa.

La verdadera autoridad se arrodilla para servir.

Aplicación Personal

  • Elige tres áreas donde quieres alinear lo que exiges con lo que vives (p. ej., respeto, pantallas, espiritualidad, finanzas, etc.). Escribe un acto concreto para cada una (ej.: “dejo el celular fuera de la mesa”) y cúmplelo.
  • Reúne a tu familia y reconoce con humildad en aquello que has fallado. Pide perdón sin excusas y explica el cambio que harás esta semana.
  • Establece dos hábitos visibles que tus hijos te vean hacer: devocional breve diario, tratar a tu esposa con amor y respeto, servir a otros (ayudar a alguien, dar, etc.). Es importante que los involucres, que ellos te vean.
  • Honra a tu esposa en público, sirve con ella y corrijan a sus hijos en unidad. Incluye a tus hijos en el servicio a otros. 

Ora conmigo

“Padre, gracias por darnos en Yeshúa el modelo perfecto. Reconozco que no he sido un buen ejemplo para mi familia y te pido perdón. Forma en mí un corazón íntegro: que lo que creo se vea en lo que digo y hago. 

 

Dame humildad para admitir mis errores y paciencia para restaurarlos, ayúdame a hacer las cosas bien; quiero amar y honrar a mi esposa y a mis hijos.

 

Que mi casa aprenda de mi ejemplo a seguirte a Ti. Pon tu paz en nuestro hogar y haznos caminar en tu verdad. 

 

En el nombre de Yeshúa. Amén.”

“Los hijos siguen pasos, no discursos.”

Ve tu primero, como lo hizo Josué “… pero yo y mi casa, serviremos al Señor.” Josué 24:15

 
 
 

 

 

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