Serie reflexiones cortas: “Hijos de Dios” (Tema 6)
¿Alguna vez has sentido que Dios es tan grande y lejano que no puedes acercarte con confianza?
A veces nuestra relación con Dios se ve afectada por cómo hemos experimentado la figura de nuestro padre en la tierra.
Si tuvimos un padre dominante, iracundo, distante o ausente, podemos pensar que Dios es igual. Pero la Biblia nos revela a un Padre cercano, tierno y accesible, que nos invita a llamarle “Abba”, una palabra íntima y familiar que significa “Papá”.
Por medio de Yeshúa (Jesús) no solo somos perdonados, sino recibidos en la familia de Dios. Como hijos, el Espíritu Santo habita en nosotros y nos enseña a acercarnos al Padre con la confianza de un niño amado. Ya no hablamos a un juez distante, sino a un Padre que nos escucha, que se inclina hacia nosotros y que responde con amor.
Déjame mostrarte cómo esta verdad puede transformar tu manera de orar, vivir y confiar en Dios cada día.…
“Haz clic aquí para leer la cita completa.” Gálatas 4:1-7
Vivimos en una sociedad marcada por la orfandad. En Latinoamérica, millones de niños crecen sin la presencia de un padre que les brinde protección, amor y respaldo. Algunos nunca conocieron a su padre; otros lo tuvieron, pero ausente o indiferente. Esta herida de orfandad no solo afecta la infancia, sino que muchas veces se traslada a la vida adulta y a nuestra relación con Dios. Sin darnos cuenta, podemos acercarnos a Él con desconfianza, temor o indiferencia, porque lo vemos a través del lente distorsionado de nuestra experiencia terrenal.
En este contexto, la palabra “Abba” cobra un hermoso significado. “Abba” es un término arameo que usaban los niños para dirigirse a su padre con cariño y cercanía, equivalente a “Papá” o “Papito”. Era una palabra íntima y afectuosa, que transmitía confianza y dependencia. Esta palabra, aparece solo tres veces en la Biblia; una de ellas, pronunciada por Yeshúa. Lo sorprendente es que Él la pronunció en uno de los momentos más difíciles de Su vida: la noche en Getsemaní, cuando sabía que la cruz estaba delante de Él (Marcos 14:36). En medio de la angustia y el dolor, no se distanció de Dios, sino que se aferró a Él como un hijo a su papá.
Esto nos revela el camino a seguir: confiar en que, en los momentos más difíciles y oscuros que podamos atravesar, cuando el peso de la vida sea insoportable, podemos correr a nuestro Padre con la misma confianza que tuvo nuestro Señor y decir: “Abba (Papá), aquí estoy, ayúdame”. ¿No es maravilloso e increíble saber que podemos acercarnos de esta manera tan íntima al Dios supremo y glorioso?
Las otras dos veces que esta palabra Abba, aparece en la Biblia, es en los escritos del apóstol Pablo para describir la intimidad que los creyentes pueden tener con Dios. No es un término religioso, sino una expresión de afecto, cercanía y dependencia. Llamar a Dios “Abba” es reconocer que somos completamente suyos y que podemos correr a sus brazos en cualquier momento.
“Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir la misericordia y encontrar la gracia que nos ayuden oportunamente.”
Un niño no necesita una cita para hablar con su padre (por lo general). Tampoco tú necesitas intermediarios para hablar con tu Abba celestial. El Espíritu Santo mismo despierta en nosotros este clamor, como una respuesta espontánea al amor que recibimos de Él. Sin embargo, muchos creyentes no han logrado llegar a este nivel de entendimiento, siguen tratando a Dios como a un extraño, como a alguien ajeno, movidos por el temor o por la culpa. Pero en la carta a los Romanos se nos recuerda:
“No recibisteis el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”
Esta es la invitación a vivir en libertad, con confianza y sin miedo, sabiendo que tenemos un Padre que nos ama más de lo que podemos imaginar.
Nuestro Abba no es un padre indiferente ni ausente. Él es como el padre de la parábola del hijo pródigo, que espera con los brazos abiertos y la mirada fija en el camino, anhelando que sus hijos regresen a casa. Su amor es tan grande que entregó a Su propio Hijo, Yeshúa, para reconciliarnos con Él
“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?”
No importa cuán lejos hayamos ido, siempre está dispuesto a recibirnos, restaurarnos y recordarnos que somos Suyos. Esa es la seguridad que tenemos: nuestro Abba nunca se cansa de amarnos. Nada nos podrá separar de su amor.
Desafío de hoy
Aparta un momento en este día y pregúntate :
¿Me acerco a Dios como a un Padre amoroso o como a un juez distante?
¿Qué me impide abrirle completamente mi corazón?
Escribe tus respuestas y preséntaselas a Dios en oración.
Ora conmigo:
“Abba, gracias porque en Yeshúa me adoptaste como hijo.
Hoy quiero acercarme a Ti sin miedo ni reservas.
Te entrego mis heridas, mis dudas y todo lo que me impide confiar plenamente.
Enséñame a disfrutar de Tu compañía y a hablar contigo como un hijo amado.
En el nombre de Yeshúa, amén.”
Ahora, Haz hoy algo que exprese tu confianza en Dios como tu Abba:
- Dedica tiempo a orar hablándole como lo harías a tu padre más cercano.
-
Lee y medita en Romanos 8:15-16 y pídele a Dios que te abrace como Padre, que quieres conocerle como Abba!
-
Escribe una carta de gratitud a Dios por ser tu Padre.
- Perdona la imagen incorrecta que puedas tener de un padre a causa de experiencias pasadas, y pídele al Señor que la sane.
Recuerda: No eres solo un creyente; eres un hijo amado que puede llamar a Dios “Abba” en cualquier momento.
