Serie: ¿Terminó la Ley en la cruz? (Tema N° 5)
¿Realmente Pablo enseñó que la Ley fue abolida?
¿Qué quiso decir con frases como “no estamos bajo la Ley” o “la Ley fue nuestro ayo”?
¿Por qué en algunos pasajes parece hablar bien de la Torá y en otros parece rechazarla?
- ¿Podría ser que la confusión viene de leer sus cartas fuera del contexto hebreo en el que fueron escritas?
“¿Luego por la fe invalidamos la Ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la Ley.”
“Todos los que dependen de las obras de la Ley están bajo maldición…” (uno de los más malinterpretados, para abordarlo de frente”
Pasajes de Apoyo:
Hechos 15:5; Hechos 15:20-21 ; Romanos 14:15-17 ; Romanos 14: 20-23 ; Colosenses 2:8-11 ; Romanos 6:14 ; Romanos 7:12-13 ; Romanos 7:21-25 ; Hechos 20:7 ; Colosenses 2:20-22 ; Romanos 10:4; Gálatas 3:10-25; Gálatas 4:9-10 ; Colosenses 2:16-18 ; Efesios 2:14-15 ; Hebreos 7:11-12; Hebreos 8:6-13 ; Apocalipsis 14:12 ; Romanos 14:2-6 ; Gálatas 5:1-6 ; Gálatas 6:12-15 ; Colosenses 2:13-14
Uno de los mayores obstáculos para comprender la vigencia de la Torá en la vida del creyente en Yeshúa (Jesús) es la mala interpretación de ciertos pasajes del Nuevo Testamento (Brit HaDasha / Pacto Renovado). Con frecuencia se citan versículos aislados de Pablo o de otros escritos apostólicos para afirmar que “la Ley fue abolida” o que “vivir bajo la gracia significa no tener que guardar mandamientos”. Sin embargo, cuando los leemos en su contexto histórico, cultural y bíblico, descubrimos que su mensaje es muy distinto: no están anulando la Torá, sino aclarando su verdadero propósito frente a los abusos legales y las tradiciones humanas.
Se sabe que desde el primer siglo, los apóstoles ya enfrentaban tensiones entre judíos y gentiles que se unían en la fe. Por un lado, algunos querían imponer la circuncisión y toda la tradición judía como requisito de salvación; por otro lado, algunos gentiles interpretaban la gracia como libertad para vivir sin mandamientos. En ese ambiente, Pablo y los demás discípulos tuvieron que enseñar que la salvación es solo por gracia mediante la fe en Yeshúa, pero que esto no significa vivir fuera de la Ley de Dios. De hecho, Pablo mismo confesó creer y practicar “todas las cosas que están escritas en la Ley y en los Profetas” (Hechos 24:14).
El problema, entonces, no es lo que dice la Escritura, sino cómo se ha leído durante siglos. Al sacar versículos de su contexto, muchos han convertido las palabras de Pablo en armas contra la Torá, cuando en realidad él la defendía como “santa, justa y buena” (Romanos 7:12). Lo que él combatía no era la Ley, sino su mal uso: pretender que alguien puede justificarse delante de Dios por sus obras, o añadir tradiciones humanas que cargaban al pueblo con pesos imposibles de llevar.
Ahora bien, es importante tener en cuenta que uno de los mayores problemas de la iglesia cristiana a lo largo de los siglos ha sido la separación con la cultura judía y el desconocimiento de sus costumbres. Los Hechos y las cartas apostólicas fueron escritas por judíos, en un contexto judío, para comunidades que entendían ese trasfondo.
Pretender interpretarlas sin esa base es prácticamente imposible. Si dentro de dos mil años alguien en China encontrara un libro colombiano donde se relata que un hombre se quitó el sombrero vueltiao en una fiesta, sin conocer nuestra cultura pensaría que se trataba de una simple gorra puesta al revés.
O si leyera que alguien entró a una cafetería y dijo: “me regala un tinto y un buñuelo”, podría concluir que era un hombre pobre pidiendo caridad, cuando en realidad es la forma común en Bogotá de pedir y pagar un café ( no un vino tinto, como se cree en otros países) y una fritura típica.
Lo mismo ocurre con la Biblia: cuando no entendemos la cultura, los términos y la cosmovisión judía, corremos el riesgo de desvirtuar totalmente lo que los apóstoles realmente estaban diciendo.
En esta enseñanza, vamos a examinar algunos de los pasajes más usados para alegar que la Ley terminó: textos de Romanos, Gálatas, Colosenses y otros. Veremos que, lejos de contradecirse, todos ellos confirman el mismo mensaje que proclamó Yeshúa: la gracia no elimina la Ley, sino que nos capacita para vivirla. Descubriremos que el Nuevo Pacto no trae una Ley nueva, sino la misma Torá escrita en nuestros corazones (Jeremías 31:31-33).
Sabemos que existen otros pasajes bíblicos que también suelen usarse para afirmar que “la Ley fue abolida” o que “ya no tiene vigencia para el creyente”. Sin embargo, en esta enseñanza hemos elegido aquellos que, a nuestro criterio, son los más comunes y los que más confusión han generado a lo largo del tiempo.
No pretendemos desacreditar ni menospreciar las interpretaciones o teologías de otros creyentes o ministerios. Nuestro propósito no es imponer una visión, sino compartir —con respeto y amor— lo que entendemos como la verdad revelada en la Palabra del Eterno. Creemos que el estudio de las Escrituras debe conducirnos a una comprensión más profunda del carácter de Dios, a la unidad en el Mesías y a una vida de obediencia nacida del amor, no de la imposición.
1. La circuncisión y la salvación
Hechos 15:5,20-21
El concilio de Jerusalén fue convocado porque algunos de la secta de los fariseos decían: “Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la Ley de Moisés” (Hechos 15:5). Es decir, exigían que los gentiles se circuncidaran como condición de salvación. La respuesta de los apóstoles fue clara: la salvación no depende de la circuncisión ni de las obras de la Ley, sino de la gracia del Señor Yeshúa (Hechos 15:11).
Sin embargo, el concilio no abolió la Torá. Lo que hicieron fue establecer requisitos mínimos para los nuevos creyentes gentiles: abstenerse de la idolatría, de la inmoralidad sexual, de la carne estrangulada y de la sangre (Hechos 15:20). Todas estas cosas estaban relacionadas con el culto a dioses paganos, por lo que estos mandatos no eran un “nuevo código moral”, sino las condiciones mínimas para que pudieran entrar en comunión con las sinagogas judías.
Luego, como aclara el verso 21, “porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada Shabat”. Es decir: una vez dentro de la comunidad, semana tras semana serían instruidos en toda la Torá e irían modificando su estilo de vida en línea con lo que pedía la instrucción del Señor.
Esto nos muestra que el concilio no abolió la Ley, sino que evitó que la circuncisión se convirtiera en un obstáculo para la salvación de los gentiles. La salvación era por fe en Yeshúa, pero la obediencia a la Torá era la forma de vida que aprenderían progresivamente en la comunidad del Mesías.
Gálatas 5:1-6; 6:12-15
En Gálatas, Pablo aborda el mismo problema. Algunos querían imponer la circuncisión como condición para ser salvos. Pablo responde con firmeza: “Si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo” (Gálatas 5:2). No porque la circuncisión fuera mala, pues era un mandamiento de la Torá y señal del pacto dado a Abraham (Génesis 17:10), sino porque se estaba usando como un requisito de justificación. La salvación nunca dependió de un rito externo, sino de la gracia de Dios recibida por fe.
Por eso dice en Gálatas 6:15: “En Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación.” El problema no era la práctica de la circuncisión, sino su distorsión como “medio de salvación”. De hecho, en Romanos 2:25-29 Pablo enseña que la verdadera circuncisión es la del corazón, algo que ya estaba en la Torá (Deuteronomio 10:16; 30:6).
En resumen, Pablo no predicaba contra la circuncisión en sí, sino contra su mal uso como requisito de justificación. Para él, la marca del creyente no debía ser una señal externa usada como pasaporte de salvación, sino la fe en Yeshúa y una vida transformada que obedece los mandamientos de Dios desde el corazón.
La circuncisión no está abolida, sino elevada a su máxima expresión: la circuncisión del corazón, anunciada ya en la Torá (“Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón” —Deuteronomio 10:16; cf. 30:6) y reiterada por los profetas (Jeremías 4:4). En el Mesías, lo físico y lo espiritual se encuentran, la circuncisión conserva su valor dentro del pacto de Israel, pero su verdadero cumplimiento se manifiesta cuando el corazón del creyente es cortado del pecado y consagrado enteramente a Dios.
2. Shabat, fiestas y ayunos
Hechos 20:7
Este pasaje dice: “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba…”. Muchos lo citan para argumentar que la comunidad del Mesías había cambiado el Shabat al domingo. Sin embargo, el texto no habla de un nuevo día de reposo, sino de una reunión especial en la noche del primer día, que de hecho correspondía al sábado en la noche según el calendario hebreo (pues los días comienzan con la caída del sol).
De hecho, la reunión ocurrió justo después de terminar el Shabat, en el momento conocido como Havdalá, la ceremonia que marca la separación entre el día santo y los días comunes de la semana. En la tradición judía, Havdalá incluye vino y una lámpara encendida, como símbolos de que el descanso terminó y se retoman las actividades semanales. Esto explica por qué el relato menciona que había muchas lámparas encendidas en el lugar (Hechos 20:8).
Si fuera un domingo por la mañana, no tendría sentido que Pablo hablara “hasta la medianoche” (Hechos 20:7). Pero si entendemos que era sábado por la noche, justo al concluir el Shabat y comenzar el primer día bíblico, todo encaja: Pablo podía prolongar la enseñanza hasta altas horas, porque sabía que al día siguiente (domingo) debía emprender viaje. El texto, lejos de señalar un cambio en el día de reposo, confirma el marco hebreo de la comunidad: guardaban el Shabat, y al terminarlo se reunían para compartir la enseñanza.
De acuerdo con esto, nada en el texto indica que se haya abolido el Shabat o que se haya instituido el domingo como nuevo día de reposo. Más bien, refleja que la comunidad seguía guardando el Shabat, y después de su conclusión se reunían para compartir y aprender.
1 Corintios 16:1-2
Pablo instruye: “Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo…”. Algunos lo leen como si se tratara de un culto dominical, pero el contexto muestra otra cosa. Pablo estaba organizando una colecta para los creyentes pobres de Jerusalén, y pide que cada uno aparte dinero en su casa el primer día de la semana, de modo que cuando él llegara ya estuviera listo. No hay ninguna referencia a un cambio de día de reposo; simplemente es una instrucción práctica para la ofrenda.
Históricamente, el cambio del Shabat al domingo no se encuentra en la Biblia, sino en la tradición posterior. Ya en el siglo II, algunos padres de la Iglesia como Ignacio de Antioquía y Justino Mártir comienzan a hablar de reunirse en el “día del Señor” (domingo), desvinculándose del Shabat. Este proceso se consolidó con la creciente separación del cristianismo del judaísmo y la influencia del Imperio Romano, donde el domingo era el día consagrado al sol.
Sin embargo, al revisar la Escritura, vemos que la Biblia no enseña en ningún lugar que el primer día de la semana haya sustituido al Shabat. Los únicos dos pasajes que lo mencionan (Hechos 20:7 y 1 Corintios 16:2) no establecen una nueva práctica semanal.
En contraste, lo que sí muestra la Escritura de manera continua es que los discípulos guardaban el Shabat:
- “entraron en la sinagoga un día de reposo” (Hechos 13:14, 42, 44);
- “un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río” (Hechos 16:13);
- “Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos” (Hechos 17:2);
- “discutía en la sinagoga todos los días de reposo” (Hechos 18:4).
El cambio al domingo no fue un mandato apostólico, sino una tradición post-apostólica que surgió con la separación del cristianismo de sus raíces judías. La práctica de los discípulos, desde el inicio y por décadas, fue seguir guardando el Shabat como el día santo establecido por Dios desde la creación.
Colosenses 2:16-17
Nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo por venir; pero el cuerpo es de Cristo.”
Este pasaje es muy citado para afirmar que las fiestas y el Shabat ya no tienen valor. Sin embargo, Pablo no dice que no se guarden, sino que nadie debe juzgar cómo se guardan. El contexto lo aclara: en Colosas, los creyentes estaban siendo presionados por guardar y vivir conforme a las tradiciones humanas establecidas por ese tiempo en el judaísmo (Colosenses 2:8,20-23), que de cierta forma, muchas de ellas, anulaban la obra redentora de Yeshúa.
En este marco, Pablo se dirige a los gentiles convertidos y les exhorta a no dejarse juzgar ni culpabilizar por la manera en que guardaban el Shabat y las fiestas. Al no estar circuncidados y no seguir todas las tradiciones de los ancianos, eran mirados con desdén por algunos que les imponían reglas humanas. Pero Pablo recalca que esas celebraciones son sombras proféticas que apuntan al Mesías y que, en lugar de perder vigencia, encuentran en Él su verdadero sentido.
En otras palabras, Pablo no está diciendo: “Ya no guarden Shabat ni fiestas”, sino: “No permitan que nadie les condene por cómo lo hacen, porque el Mesías es la esencia de todo lo que esas celebraciones anuncian”. De hecho, al llamarlas “sombra de lo que ha de venir”, habla en tiempo futuro, no pasado. No dice que eran sombra de lo que ya vino, sino de lo que aún esperamos. Una sombra nunca anula la figura, sino que nos dirige hacia ella. Así, las fiestas y el día de reposo siguen señalando al Mesías: lo que ya cumplió en su primera venida y lo que completará en su regreso glorioso.
Gálatas 4:9-10
Pablo escribe: “Guardáis los días, los meses, los tiempos y los años…”. Este pasaje suele ser citado para afirmar que Pablo criticaba las fiestas bíblicas, pero el contexto dice lo contrario. Los destinatarios eran creyentes de origen gentil, no judíos. Él mismo lo afirma: “En otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses” (Gálatas 4:8). Es decir, su pasado estaba marcado por la idolatría, el culto a deidades y la observancia de calendarios cósmicos propios del paganismo.
Si los gálatas nunca habían guardado la Torá, no podían “volver” a ella. Lo que conocían y practicaban antes de la fe eran los rudimentos del mundo (stoicheia tou kosmou), es decir, los principios básicos de la idolatría y la religiosidad pagana. Lo que Pablo denuncia es el peligro de regresar a esos sistemas, disfrazándolos ahora de religiosidad, tratando de agradar a Dios con ritos y calendarios que no pertenecían al pacto original.
Tristemente, esto mismo fue lo que ocurrió siglos más tarde con la Iglesia Católica Romana, que adoptó fiestas paganas y las revistió con un trasfondo cristiano: el culto a los santos y a María, la “Navidad” en la fecha del solsticio romano, el “Halloween” heredado de ritos celtas, y muchas otras celebraciones que mezclaron paganismo con fe.
Por eso habla de “días, meses, tiempos y años”. Esta expresión no necesariamente apunta a las fiestas bíblicas (Shabat, Pesaj, etc.), sino a los ciclos idolátricos que marcaban la vida de los gentiles antes de conocer al Dios de Israel. Pablo les dice con firmeza: “¡No vuelvan a eso! Ustedes ya han sido conocidos por Dios” (Gálatas 4:9).
En conclusión, este pasaje no es un rechazo de las fiestas del Señor, sino un llamado a no regresar a las prácticas que eran esclavitud en el mundo pagano. El énfasis de Pablo es claro: ahora, en el Mesías, están llamados a vivir la libertad de la Torá y no a someterse nuevamente a los calendarios idolátricos que antes gobernaban sus vidas.
Romanos 14:2-3,5-6,15,17,20-23
Este capítulo suele usarse para afirmar que “todo es permitido” y que las leyes alimenticias o los días señalados por Dios ya no tienen vigencia. Sin embargo, el contexto muestra otra realidad. Pablo no está hablando de la kashrut (leyes de alimentación de Levítico 11) ni de las fiestas del Señor (Levítico 23), sino de cuestiones secundarias que estaban generando divisiones en la comunidad.
En la Roma del primer siglo, la mayoría de la carne vendida en los mercados había sido sacrificada previamente en templos paganos. Algunos creyentes, con una fe más madura, entendían que “un ídolo nada es” (1 Corintios 8:4) y que podían comer sin temor, porque la tierra y su plenitud pertenecen al Señor. Otros, con conciencia más débil, preferían abstenerse completamente para no contaminarse. El mismo principio se aplicaba a los ayunos voluntarios, que algunos observaban en determinados días, mientras otros no.
El problema no era la comida en sí, sino el juicio y la división entre hermanos. Pablo exhorta: “El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come, porque Dios le ha recibido” (Romanos 14:3). Y más adelante añade que el Reino de Dios no se reduce a estos debates: “El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (v. 17).
Lejos de abolir la Torá, Pablo está enseñando un principio de unidad y amor en lo esencial: no permitir que diferencias de conciencia en asuntos secundarios se conviertan en motivo de tropiezo. Él mismo lo resume diciendo: “Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece” (v. 21).
En conclusión, Romanos 14 no habla de que ahora todo es lícito en cuanto a comida o días, sino de cómo manejar las diferencias dentro de la comunidad con misericordia y respeto. La Torá seguía siendo la base de vida, pero en temas de conciencia individual, Pablo instruye a andar en amor antes que en juicio.
3. “Bajo la Ley” vs. “bajo la gracia”
Romanos 6:14
“Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la Ley, sino bajo la gracia.”
Este versículo se cita con frecuencia como si significara que ya no es necesario obedecer la Torá. Pero el contexto de Romanos 6 habla de esclavitud al pecado y de cómo el creyente, por la gracia de Yeshúa, ha sido liberado para vivir en santidad. Estar “bajo la Ley” significa estar bajo su condena, porque todos hemos pecado (Romanos 3:23). Estar “bajo la gracia” significa que esa condena fue satisfecha en el Mesías, quien pagó el precio por nosotros.
Pablo no está aboliendo la Ley, sino mostrando que ya no estamos sometidos a vivir bajo la tiranía del pecado. La gracia nos levanta del estado de culpa, pero al mismo tiempo nos capacita para obedecer: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado… enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11-12).
Romanos 7:12,22-23
“Concluimos, pues, que la Ley es santa y que el mandamiento es santo, justo y bueno. ” (v.12) y “Porque en lo íntimo de mi ser me deleito en la Ley de Dios; pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley, que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra lo que considero bueno, y me tiene cautivo.” (v. 22-23)
En Romanos 7, Pablo describe la tensión entre el deseo de obedecer y la lucha con el pecado. Algunos interpretan erróneamente este capítulo como si la Ley fuera el problema. Pero Pablo es claro: la Ley es buena, justa y santa; el problema es el pecado (la ley del pecado), que habita en nosotros. La Torá actúa como un espejo que revela nuestra condición (Romanos 7:7), mostrando que necesitamos un Redentor.
Pablo incluso afirma que se deleita en la Ley de Dios en su interior. Esto es clave: lejos de despreciarla, la ama. Lo que señala es la incapacidad de la carne para cumplirla sin la ayuda del Espíritu. Así, la Ley no es anulada, sino confirmada como guía perfecta de justicia.
Romanos 3:31
Este versículo es un golpe directo contra la idea de que la fe elimina la obediencia. Pablo reconoce que la justificación no es por obras, sino por fe en Yeshúa (Romanos 3:28). Pero inmediatamente aclara que esa fe no invalida la Ley, sino que la confirma.
¿Por qué? Porque la fe verdadera, la emunáh hebrea, no es una creencia intelectual o sin acción, sino una confianza activa que se demuestra con fidelidad y obediencia. Emunáh significa creer y permanecer firme, pero también implica obedecer y ser constante. Así lo vivió Abraham, quien “creyó a Dios, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6), pero ese creer se manifestó en obediencia; saliendo de su tierra hacia un lugar incierto e incluso hasta ofrecer a su único hijo Isaac (Génesis 22).
La justificación por gracia no nos libera para pecar, sino que nos llama a vivir conforme a la voluntad de Dios. La Torá no es anulada por la fe, sino confirmada en la vida del creyente como evidencia de que realmente está en el Mesías. En otras palabras, la Ley se convierte en el fruto visible de la emunáh: la gracia nos perdona, el Espíritu nos capacita, y la obediencia se convierte en la señal de nuestra vida en Yeshúa.
4. El propósito de la Torá en el Mesías
Romanos 10:4
El término griego que se traduce como “fin” es telos, y su sentido principal no es “terminación”, sino meta, propósito, objetivo, plenitud. En otras palabras, Pablo no está diciendo que el Mesías le puso fin a la Ley, que abolió la Torá, sino que Él es la meta hacia la cual toda la Torá apunta. La Torá funciona como una flecha que señala un blanco: la persona y la obra de Yeshúa.
Cada aspecto de la Ley revela esta realidad:
Los sacrificios apuntaban al sacrificio perfecto del Cordero de Dios.
Las fiestas bíblicas son sombras proféticas del plan de redención de Dios que encuentran su cumplimiento en la primera y segunda venida del Mesías.
Los mandamientos morales reflejan el carácter justo de Dios, que Yeshúa vivió de manera perfecta.
Incluso los estatutos y preceptos muestran nuestra incapacidad, y por tanto, nuestra necesidad de un Salvador.
Por eso Yeshúa mismo dijo: “Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él” (Juan 5:46). Y en otra ocasión afirmó: “No penséis que he venido para abrogar la Ley o los Profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17). Cumplir no significa abolir, sino vivir en plenitud y dar el verdadero sentido.
Así, cuando Pablo declara que el telos de la Torá es el Mesías, está afirmando que toda la historia de la redención, toda instrucción divina, todo mandamiento y cada página del Tanaj encuentran su plenitud en Él. Yeshúa no cancela la Ley, sino que la encarna, la explica y la lleva a su máxima expresión, para que ahora podamos vivirla no como carga, sino como fruto de la fe.
Gálatas 3:10-25
Pablo describe la Torá como un “ayo” (paidagogós en griego), una figura muy conocida en el mundo grecorromano. El paidagogós no era el maestro que enseñaba conocimientos, sino el siervo encargado de llevar al niño a la escuela, de cuidarlo y corregirlo en el camino. Era una función temporal, necesaria hasta que el niño madurara y pudiera asumir plena responsabilidad.
Con esta imagen, Pablo enseña que la Torá nunca fue dada para justificar al hombre, porque desde el principio la justificación siempre fue por la fe (emunáh). Abraham fue declarado justo por creer en Dios (Génesis 15:6; Romanos 4:3), siglos antes de que existiera la Ley en el Sinaí. La Torá vino después, no para reemplazar la fe, sino para revelar el carácter santo de Dios y mostrar al hombre su pecado (Romanos 3:20; 7:7).
La Ley, entonces, tiene un doble propósito:
Revelar el estándar divino: muestra lo que es justo, bueno y santo.
Confrontar al pecador con su incapacidad: al vernos incapaces de cumplirla perfectamente, entendemos nuestra necesidad de gracia.
Por eso Pablo dice: “La Ley fue nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24). No significa que la Torá haya perdido valor, sino que ha cumplido su función pedagógica: llevarnos de la mano hasta el Mesías, quien nos redime de la condena y nos da el Espíritu para vivir en obediencia desde el corazón (Ezequiel 36:26-27).
Lejos de abolirse, la Torá se transforma en instrucción viva dentro del creyente: “Este es el pacto… pondré mis leyes en su mente, y sobre su corazón las escribiré” (Jeremías 31:33; Hebreos 8:10). Lo que antes estaba escrito en tablas de piedra ahora es grabado en el interior, cumpliendo el propósito final del ayo: llevarnos a depender de la gracia del Mesías y capacitarnos para vivir en santidad.
Efesios 2:14-15
En este pasaje, Pablo no enseña que Yeshúa abolió la Torá de Dios. El término griego usado es dogmasin (δόγμασιν), que no significa mandamientos divinos, sino decretos humanos, reglamentos y ordenanzas que habían levantado una barrera artificial entre judíos y gentiles. Lo que el Mesías anuló fueron esas disposiciones que generaban enemistad, no los mandamientos de Dios que siguen siendo santos, justos y buenos (Romanos 7:12).
Históricamente, esto tiene un trasfondo visible en el Templo de Jerusalén. Allí existía una pared llamada el soreg, un muro de separación con inscripciones que prohibían a los gentiles pasar al área interior bajo pena de muerte. Restos de estas inscripciones han sido hallados por la arqueología, confirmando que la separación entre judíos y no judíos estaba marcada físicamente en el culto. Pablo toma esta imagen para mostrar que el Mesías derribó esa división: ya no hay exclusión en el acceso a Dios, porque todos, por medio de Yeshúa, tenemos entrada al trono del Padre, por el mismo Espíritu (Efesios 2:18).
Culturalmente, la división iba más allá del Templo. Existían múltiples tradiciones y mandamientos de hombres que intensificaban la separación, como interpretaciones rabínicas que consideraban a los gentiles intrínsecamente impuros o las reglas de pureza que impedían comer juntos. Estas son las “ordenanzas” que generaban enemistad, no la Torá misma. Por eso, cuando Pablo dice que Yeshúa “abolió en su carne las enemistades”, está enseñando que en la cruz fueron derribadas todas las barreras humanas que impedían la unidad del pueblo de Dios. El Mesías no eliminó los mandamientos de Dios, sino que quitó las murallas que los hombres habían levantado alrededor de ellos.
Así, cuando Pablo declara que el Mesías abolió la “ley de mandamientos en ordenanzas” (ton nomon tōn entolōn en dogmasin), está afirmando que lo que cayó en la cruz no fue la Torá, sino las barreras legales y culturales que impedían la comunión plena. El mismo término dogma se usa en las Escrituras para hablar de decretos imperiales (Lucas 2:1), decisiones conciliares (Hechos 16:4) u ordenanzas humanas (Colosenses 2:14, 20). En Él, los gentiles que antes estaban “lejos de los pactos” (Efesios 2:12) fueron hechos conciudadanos del Reino y coherederos de las promesas (Efesios 3:6).
El resultado es extraordinario: de dos pueblos hizo uno solo, no creando una nueva religión separada de Israel, sino una comunidad renovada, reconciliada en el Mesías, donde judíos y gentiles injertados al olivo Israel son coherederos de las promesas (Efesios 3:6), llamados a vivir unidos bajo la misma Torá y la misma fe.
Gálatas 3:13-14
Pablo escribe:
“Cristo nos rescató de la maldición de la Ley al hacerse maldición por nosotros, pues está escrito: «Maldito todo el que es colgado de un madero». Esto sucedió para que, por medio de Cristo Yeshúa, la bendición prometida a Abraham llegara a las naciones, y para que por la fe recibiéramos el Espíritu según la promesa.”
Muchos leen este pasaje y concluyen que la Torá es en sí misma una maldición. Nada más lejos de la verdad. La Escritura afirma lo contrario: “La Ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Romanos 7:12). La Torá es una de las más grandes bendiciones entregadas por el Señor, pues revela la voluntad justa de Dios y nos muestra el camino de vida.
Entonces, ¿Qué es la “maldición de la Ley”? La Torá contiene bendiciones por la obediencia, pero también maldiciones por la desobediencia (Levítico 26; Deuteronomio 27–28). Estas maldiciones no son la Ley misma, sino las consecuencias del pecado. Todo aquel que quebranta los mandamientos queda bajo esa condena o castigo.
El Mesías cargó sobre sí precisamente esas consecuencias. Pablo cita Deuteronomio 21:23 (“maldito todo el que es colgado en un madero”), para explicar que Yeshúa tomó nuestro lugar, recibiendo la maldición que correspondía a nuestras transgresiones. Como profetizó Isaías: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores… Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él” (Isaías 53:4-6).
En la cruz, todas las maldiciones escritas en la Torá por causa de nuestro pecado cayeron sobre Yeshúa. Él absorbió la ira justa de Dios, cargó nuestras enfermedades y canceló nuestra deuda (Colosenses 2:14). Gracias a su sacrificio, fuimos liberados de la condena y justificados para recibir la promesa: la bendición de Abraham y el don del Espíritu.
Somos perdonados y restaurados en la comunión con Dios.
Ahora podemos vivir la Torá desde un corazón circuncidado, como parte del Israel de Dios.
Así, lo que Yeshúa quitó no fue la Ley, sino las maldiciones que nos correspondían por quebrantarla. Su muerte nos rescató de la condena, para que la bendición de Abraham alcanzara también a las naciones y se cumpliese la promesa del Espíritu en todos los que creen.
Colosenses 2:13-14
“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.”
Pablo comienza recordando nuestra antigua condición: muertos en pecados y en la incircuncisión de la carne. El pecado nos separaba de Dios y nos colocaba bajo el peso de la condena (Romanos 7:10-11). La incircuncisión, como señal de estar fuera del pacto de Abraham (Génesis 17:10-14), mostraba nuestra lejanía de la ciudadanía de Israel y de las promesas (Efesios 2:12).
Pero el Mesías transformó esta realidad. En Él recibimos perdón de pecados y la circuncisión del corazón (Deuteronomio 30:6; Romanos 2:29), una obra del Espíritu que nos injerta en el olivo de Israel (Romanos 11:17-24). Ya no somos extranjeros, sino coherederos y parte del mismo pueblo de Dios.
Cuando Pablo dice que Yeshúa anuló “el acta de decretos que nos era contraria”, no se refiere a la Torá, sino al registro de nuestra deuda de pecado (cheirographon). En el mundo antiguo, este término describía un pagaré o documento legal de obligación. Así, lo que fue clavado en la cruz no fue la instrucción divina, sino la sentencia que nos acusaba por quebrantarla. Como profetizó Isaías: “El Señor cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6).
De esta manera, la cruz no destruyó la Ley de Dios, sino que canceló nuestra condena. Yeshúa nos libró de la esclavitud del pecado, no para vivir sin Torá, sino para obedecerla ahora desde la gracia y con un corazón renovado (Ezequiel 36:26-27).
Hebreos 7:11-12; 8:6-13
El autor de Hebreos explica que “cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley” (Hebreos 7:12). Este texto no significa que la Torá en su totalidad fue anulada, sino que hubo un cambio en la administración sacerdotal. El sacerdocio levítico, basado en sacrificios de animales y oficios humanos que morían y eran reemplazados, fue sustituido por un sacerdocio superior: el de Yeshúa, según el orden de Melquisedec (Hebreos 7:17).
Esto no elimina la necesidad de un sacerdocio, sino que lo perfecciona. Antes había sacrificios diarios por el pecado, pero Yeshúa se ofreció “una sola vez y para siempre” (Hebreos 10:10-14), llevando su propia sangre al tabernáculo celestial, donde intercede continuamente por nosotros como Sumo Sacerdote eterno. El sistema levítico cumplió un propósito temporal y profético, pero ahora el ministerio de Yeshúa es definitivo y superior.
El “cambio de ley” al que alude Hebreos es específico, la ley sacerdotal que regulaba el ministerio levítico. No habla de la Torá moral, que sigue siendo la voluntad de Dios. Por eso, la promesa del Nuevo Pacto no es “abolir la Ley”, sino escribirla en el corazón: “Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré” (Hebreos 8:10; Jeremías 31:33). Si la Ley estuviera abolida, ¿Qué sentido tendría escribirla en nuestro interior?
De hecho, Yeshúa mismo afirmó que el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán (Mateo 24:35). Como aún no hay cielos y tierra nuevos (Apocalipsis 21:1), la Palabra de Dios permanece vigente. Lo que cambió fue la forma de ministrar el perdón: ya no con sangre de animales, sino con la sangre preciosa del Cordero perfecto.
Incluso podemos ver un detalle significativo en los Evangelios: cuando el sumo sacerdote Caifás rasgó sus vestiduras delante de Yeshúa (Mateo 26:65), se descalificó a sí mismo, pues la Torá prohibía al sumo sacerdote rasgar sus vestiduras (Levítico 21:10). Este acto simboliza que el sacerdocio levítico estaba llegando a su fin y que la autoridad sacerdotal pasaba al orden superior, el de Melquisedec, representado en Yeshúa.
En conclusión, Hebreos no enseña la abolición de la Torá, sino la transición a un sacerdocio mejor. Hoy tenemos un Sumo Sacerdote eterno que oficia en el tabernáculo celestial, y la Ley de Dios permanece como la base del Nuevo Pacto, escrita no en tablas de piedra, sino en corazones transformados por el Espíritu.
5. La evidencia final en Apocalipsis
Las palabras de Yeshúa son la base de todo: “No penséis que he venido para abolir la Ley o los Profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir” (Mateo 5:17-19). Él mismo advierte que quien quebrante los mandamientos y enseñe a otros a hacerlo será llamado pequeño en el Reino, pero quien los guarde será grande. Aquí no hay lugar a dudas: la Torá no fue abolida, sino confirmada por el propio Mesías.
Yeshúa mismo conecta el amor con la obediencia: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Su amor no es sentimentalismo emocional, sino obediencia real y práctica. En Juan 15:10 lo explica aún más: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.” La medida del amor verdadero a Dios es vivir conforme a Su Palabra.
Pablo, a quien muchos acusan de haber abolido la Ley, confesó lo contrario: “Creo todas las cosas que en la Ley y en los Profetas están escritas” (Hechos 24:14). En 1 Corintios 7:19 resume su enseñanza de manera simple y poderosa: “La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios.” Para él, lo esencial no era la señal externa, sino la obediencia interna.
El apóstol Juan también es claro: “En esto sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos” (1 Juan 2:3). No se trata de legalismo, sino de evidencia de una relación genuina. Más adelante lo refuerza: “Pues este es el amor a Dios: que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3). La fe en Yeshúa y la obediencia a la Torá no son opuestas, son inseparables.
Finalmente, en Apocalipsis se nos da la definición de quiénes son los santos en los últimos tiempos: “Los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Yeshúa” (Apocalipsis 12:17) y “Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Yeshúa” (Apocalipsis 14:12). El cuadro final no es de un pueblo sin Ley, sino de un pueblo que vive en fidelidad y fe, reflejando la vida del Mesías.
Al examinar con atención los pasajes más citados para decir que “la Ley fue abolida”, descubrimos que ninguno de ellos enseña eso. Pablo, Juan, los demás apóstoles y el mismo Yeshúa confirmaron de manera constante que la Torá es santa, justa y buena.
Lo que fue quitado en la cruz no fue la Ley, sino nuestra deuda de pecado y las barreras humanas que nos separaban de Dios. El Nuevo Pacto no significa una Ley nueva, sino la misma Torá escrita en el corazón por el Espíritu. Desde los evangelios hasta Apocalipsis, la Escritura define a los santos como aquellos que tienen fe en Yeshúa y guardan los mandamientos de Dios.
La gracia no nos libera de la obediencia, sino que nos capacita para vivirla con gozo, mostrando al mundo que somos un pueblo apartado para el Señor.
La cruz no nos libró de obedecer, nos libró de condena para que obedezcamos con amor y libertad.
Conclusión Central
Enseñanza sobre la Ley y los creyentes en Yeshúa (Jesús)
Al recorrer estas enseñanzas hemos visto que la Torá no fue abolida, sino confirmada en Yeshúa el Mesías. Descubrimos que no hay una sola definición de “ley”, sino múltiples contextos; que estar bajo la Ley no significa obedecerla, sino vivir bajo la condena de quebrantarla.
También vimos que Yeshúa mismo es la Torá viviente; la cual, enseñó y guardó con plenitud; que sus discípulos y la primera comunidad de creyentes continuaron viviendo la obediencia como fruto de la fe; y que las malinterpretaciones de Pablo y otros textos nunca apuntan a la abolición de los mandamientos, sino al mal uso de la Ley como medio de salvación.
Finalmente, la Biblia define a los santos como quienes guardan los mandamientos de Dios y la fe en Yeshúa.
Reconocemos que dentro del cuerpo del Mesías existen diversas interpretaciones y discusiones sobre la relación entre la Ley y la gracia. No pretendemos tener la última palabra ni ser jueces de la fe de nadie. Nuestro deseo es simplemente aportar desde la Escritura una perspectiva que nos ha transformado y que creemos fiel al corazón del Padre.
Más allá de las diferencias doctrinales, lo esencial es permanecer unidos en el amor de Yeshúa, buscando juntos vivir conforme a Su voluntad. Que cada estudio, cada diálogo y cada búsqueda nos acerquen más a Él, quien es la Torá viva y la expresión perfecta de la verdad y la gracia.
El mensaje es uno:
la salvación es por gracia mediante la fe en Yeshúa, pero la fidelidad se evidencia en la obediencia a los mandamientos.
No es cristianismo sin Ley ni judaísmo sin Mesías, sino un solo pueblo, renovado por el Espíritu, con la Torá escrita en el corazón.
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