Serie: ¿Terminó la Ley en la cruz? (Tema N° 4)
¿Enseñó Yeshúa (Jesús) algo nuevo y diferente a la Torá?
¿Realmente dijo que la Ley ya no era necesaria?
¿Cómo vivió Él mismo la Torá: como judío que la guardó, o como alguien que vino a abolirla?
“No penséis que he venido para abolir la Ley o los Profetas…”
“Si me amáis, guardad mis mandamientos.”
Pasajes de Apoyo:
Circuncidado y parte del pueblo de Israel
Guardaba Shabat y asistía a la sinagoga
Celebraba las fiestas de YHVH
Juan 2:23 ; Juan 7:2-14 ; Lucas 22:7-8; Juan 10:22
Enseñó y afirmó la Torá
Mateo 5:17-18; Mateo 23:1-3 ; Mateo 19:17
Yeshúa hacía la voluntad del Padre
Juan 4:34 ; Juan 5:30 ; Juan 6:38
Su doctrina era la del Padre
Juan 7:16 ; Juan 8:28 ; Juan 12:49-50
El mandamiento “nuevo”
Este no reemplaza la Torá, sino que profundiza en el amor al prójimo ya presente en Levítico 19:18, elevándolo al nivel del sacrificio de Yeshúa.
La enseñanza y la vida de Yeshúa (Jesús) son el modelo para todo creyente. Sin embargo, muchos predican a un Mesías que vino a cambiar la Ley, como si su propósito hubiese sido abolir los mandamientos del Padre. Nada está más lejos de la verdad. La Escritura lo revela de manera clara: Yeshúa es la Torá hecha carne, la Palabra viviente de Dios (Juan 1:14).
En la tradición hebrea, la Palabra creadora de Dios era llamada la Memrá: el poder mediante el cual el Señor trajo a la existencia todas las cosas y por el cual se revelaba a Su pueblo. Esa misma Memrá, la Palabra que da vida, se encarnó en Yeshúa. Por eso, cada palabra suya, cada acto de su vida, fue la expresión perfecta de la voluntad del Padre.
Moisés mismo había profetizado acerca de Él: “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará YHVH tu Dios; a él oiréis” (Deuteronomio 18:15). Yeshúa es ese profeta prometido, no solo como intérprete de la Torá, sino como la Torá misma manifestada en carne. Por eso dijo: “Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él” (Juan 5:46). Negar su enseñanza como confirmación de la Torá es, en última instancia, negar también a Moisés.
Desde la tentación en el desierto, donde respondió tres veces citando la Torá (Deuteronomio 8:3), hasta sus últimas palabras en la cruz, Yeshúa mostró que la verdadera libertad no consiste en desechar la Ley, sino en vivirla con justicia, misericordia y verdad. Él no vino a traer una nueva religión, sino a mostrar el camino de obediencia y amor que siempre estuvo en el corazón del Padre.
1. Circuncidado y parte del pueblo de Israel
Desde su nacimiento, Yeshúa fue identificado con el pacto dado a Abraham. El evangelio de Lucas lo muestra con claridad: “Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Yeshúa” (Lucas 2:21). Este acto no fue un detalle cultural, sino el cumplimiento del mandamiento dado a Abraham como señal perpetua del pacto (Génesis 17:10-12). Desde su primer día de vida, Yeshúa estaba dentro de la alianza eterna que identificaba al pueblo de Israel como propiedad exclusiva de Dios.
El apóstol Pablo lo confirma: “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley” (Gálatas 4:4). Es decir, Yeshúa no vino al mundo como gentil, griego o romano, sino como hijo de Israel, bajo la autoridad de la Torá. Esto es muy importante y decisivo porque muestra que su misión no fue abolir la Ley, sino cumplirla desde adentro, como parte del pueblo que había recibido las promesas.
Presentar a un Jesús desligado de su identidad judía es desvirtuar al verdadero Mesías. Él no fue un líder fundador de un nuevo movimiento, sino el cumplimiento de lo que Dios había hablado a Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y los profetas. Su genealogía misma (Mateo 1 y Lucas 3) lo conecta con Abraham y David, confirmando que era el heredero legítimo de las promesas.
Por eso, debemos entender que Yeshúa no predicó como un filósofo griego, ni como un legislador romano, ni como un sabio gentil. Él predicó como judío fiel a la Torá, circuncidado, guardador de Shabat, participante de las fiestas y conocedor de la Escritura desde niño. Su vida estuvo marcada por la obediencia perfecta a la Ley de Dios, porque solo así podía ser el Cordero sin mancha que quitaría el pecado del mundo.
En pocas palabras: Yeshúa fue, es y será el Mesías judío, el descendiente prometido de Abraham y David, que vino a confirmar el pacto y a mostrar que la salvación proviene de Israel (Juan 4:22). Ignorar este hecho es caer en un error que distorsiona el mensaje mismo del evangelio.
2. Guardaba Shabat y asistía a la sinagoga
No hay un solo registro en los evangelios donde Yeshúa haya quebrantado el Shabat. Todo lo contrario: Lucas 4:16 nos dice que “entró en la sinagoga en el día de reposo, conforme a su costumbre”. Es decir, la observancia del Shabat era parte de su vida regular y pública. Guardar el Shabat era una práctica continua que marcó su caminar como judío fiel a la Torá.
Cuando Yeshúa enseñó acerca del Shabat (Mateo 12:12), no lo hizo para anularlo, sino para devolverle su sentido original, un día apartado para vida, misericordia y restauración. En sus confrontaciones con los fariseos, Él no cuestionó el mandamiento, sino las interpretaciones humanas que lo habían cargado de reglas pesadas. Mostró que sanar en Shabat, alimentar a los hambrientos y hacer el bien no violaba la Ley, sino que cumplía el corazón de la voluntad de Dios.
El Shabat no fue instituido en Sinaí, sino desde la creación misma: “Y bendijo Dios al séptimo día y lo santificó” (Génesis 2:3). Es parte del diseño eterno del Creador para toda la humanidad. Siendo que Yeshúa vino a hacer la voluntad del Padre (Juan 6:38), resulta impensable que hubiese quebrantado el día que el mismo Padre estableció como santo.
Más aún, Yeshúa declaró: “El Hijo del Hombre es Señor del Shabat” (Mateo 12:8). Al decir esto, no se adjudicó autoridad para eliminarlo, sino para mostrar que en Él se cumple el propósito del Shabat, descanso, restauración y comunión con Dios. Así, el Mesías no solo guardó el Shabat, sino que lo interpretó de la manera más profunda, revelando que el día de reposo no es carga, sino regalo, señal del pacto y puerta de entrada a la obediencia de toda la Torá.
Por eso, entender el Shabat es abrir el corazón al resto de la instrucción divina. Quien reconoce que Yeshúa guardó y enseñó el Shabat, entiende que la Torá no fue abolida. El mismo día que el Padre santificó en el principio, el Hijo lo confirmó en su ministerio, y el Espíritu Santo lo sigue escribiendo en nuestros corazones bajo el Nuevo Pacto.
3. Celebraba las fiestas de YHVH
Yeshúa guardó la Pascua, Panes sin levadura, los Tabernáculos e incluso Janucá (Juan 2:23; Juan 7:2-14; Lucas 22:7-8; Juan 10:22). Estas celebraciones no eran solo “costumbres judías”, sino mandamientos de Dios establecidos desde el principio de la creación.
Vemos como desde el principio en Génesis 1:14, Dios creó el sol, la luna y las estrellas y declaró: “Sean para señales y para las estaciones (moedim / מוֹעֲדִים), para días y años.” La palabra hebrea “moedim” que ha sido traducida comúnmente como estaciones, significa: tiempo señalado, cita establecida, asamblea o encuentro sagrado, fiesta solemne, lugar de reunión; entonces, no se refiere a estaciones climáticas, sino a las citas divinas o convocaciones santas entre Dios y Su pueblo. Es decir, desde la creación misma, el Padre ya había determinado tiempos específicos para encontrarse con su pueblo redimido.
Más adelante, en Levítico 23, estas moedim son reveladas como las fiestas santas del Señor: “Estas son mis fiestas, las convocaciones santas, las cuales proclamaréis en sus tiempos” (Levítico 23:2). No son fiestas “judías”, sino las fiestas del Señor. Israel fue llamado a guardarlas porque es el pueblo del pacto, y Yeshúa mismo las celebró porque son parte del plan eterno del Padre.
Así, las fiestas son una sombra profética del Mesías (Colosenses 2:16-17): en su primera venida cumplió las fiestas de primavera y en su regreso cumplirá las fiestas de otoño. Cada una es un mapa de la obra redentora y un anticipo del Reino venidero.
Fiestas de primavera (cumplidas en Yeshúa)
Pascua (Pesaj): Murió en la Pascua como el Cordero de Dios (1 Corintios 5:7).
Pan sin levadura (Jag HaMatzot): En su sepultura (durante la fiesta) sacó la levadura del mundo, el pecado. (1 Corintios 5:7–8)
Primicias (Bikkurim): Resucitó como primicias de los que durmieron (1 Corintios 15:20).
Pentecostés (Shavuot): En este día, en el Sinaí se entregó la Torá escrita, sellando el pacto entre Dios y el pueblo. Así mismo, en este día, fue derramado el Espíritu Santo (Hechos 2), sellando a su pueblo y escribiendo la Torá en el corazón. Además, es un símbolo de como Yeshúa presenta a su pueblo maduro ante el Padre.
Fiestas de otoño (por cumplirse en su regreso)
Yom Teruá (Trompetas): Señala el regreso del Mesías con voz de trompeta (1 Tesalonicenses 4:16).
Yom Kipur (Expiación): Apunta al juicio final y la reconciliación plena (Zacarías 12:10; Romanos 11:26-27).
Sucot (Tabernáculos): Anticipa el Reino mesiánico, cuando Dios habitará con los hombres (Zacarías 14:16; Apocalipsis 21:3).
En resumen, las fiestas fueron establecidas desde la creación, confirmadas en la Torá y vividas por Yeshúa. Son un mapa profético que nos revela lo que Él hizo en su primera venida y lo que hará en su regreso glorioso. Guardarlas no es legalismo, es caminar en el calendario del Reino de Dios. Y al hacerlo, confirmamos que en Yeshúa se cumple la Torá, porque Él es la Torá hecha carne y la perfecta voluntad del Padre. Por eso las guardó, y por eso nosotros deberíamos observarlas no como un medio de justificación, sino para vivir en la misma obediencia de nuestro Mesías.
4. Enseñó y afirmó la Torá
Su enseñanza fue clara y directa: “No penséis que he venido para abolir la Ley o los Profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir” (Mateo 5:17-18). Con estas palabras, Yeshúa no solo reafirmó la validez de la Torá, sino que advirtió contra cualquier intento de torcer sus mandamientos. En el mismo pasaje añadió que quien quebrante los más pequeños mandamientos y así enseñe a otros, sería llamado “muy pequeño en el Reino de los cielos” (Mateo 5:19).
Más adelante, en Mateo 23:1-3, dejó un mandato directo a sus discípulos: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo.” La “cátedra de Moisés” era la silla en la sinagoga desde donde los escribas y fariseos leían y explicaban la Torá al pueblo. Por eso Yeshúa dijo: “cuando estén ahí enseñando”, es decir, cuando proclamen la Torá, haced lo que os dicen. Con estas palabras, Él mismo confirmó la necesidad de guardar la instrucción de Dios.
Lo que Yeshúa criticó no fue la enseñanza de la Torá, sino la incoherencia de quienes la proclamaban pero no la vivían. Por eso añadió más adelante: “Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” (Mateo 23:4). Su crítica no era contra la Ley divina, sino contra los hombres que añadían tradiciones humanas y practicaban hipocresía. En otras palabras: Yeshúa estaba diciendo a sus discípulos que escucharan y obedecieran la Torá tal como era leída en la sinagoga, pero que no imitaran el ejemplo vacío de quienes no la ponían en práctica. Una vez más, queda claro que Él no abolió la Ley, sino que la afirmó como la Palabra viva de Dios.
Al joven rico, cuando le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna, Yeshúa no le presentó un evangelio nuevo, ni una “ley de la gracia”, ni una religión diferente. Le respondió con sencillez: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:17). Esta declaración por sí sola basta para demostrar que el Mesías no vino a cambiar la Torá, sino a confirmar que la obediencia sigue siendo el camino de vida.
Siendo Él mismo la Torá viviente, no podía enseñar en contra de ella. Decir lo contrario sería contradecir su identidad como la Palabra hecha carne (Juan 1:14). En todos los evangelios no existe un solo versículo donde Yeshúa enseñe en contra de la Torá, ni donde introduzca un mandamiento nuevo que reemplazara los anteriores, ni mucho menos donde se insinúe la idea de separar “judíos” y “cristianos” en dos pueblos distintos. Todo lo contrario: afirmó la unidad del pueblo de Dios, diciendo que tenía “otras ovejas que no son de este redil, y las traeré, y oirán mi voz; y habrá un rebaño y un pastor” (Juan 10:16).
Yeshúa no inventó nada. Su ministerio fue, en esencia, ser el intérprete fiel de la Torá que Moisés había anunciado en Deuteronomio 18:15. Él la explicó en su sentido más profundo, mostrándonos que cumplir la Ley no es cuestión de letra muerta, sino de corazón transformado: no basta con no matar, hay que arrancar el odio; no basta con no adulterar, hay que guardar el corazón de la lujuria (Mateo 5:21-28). Así, lejos de anular la Torá, Yeshúa la elevó a su máxima expresión de justicia, misericordia y amor.
5. Yeshúa hacía la voluntad del Padre y enseñaba su doctrina
En múltiples ocasiones, Yeshúa declaró que no buscaba su propia voluntad, sino la del Padre que lo envió (Juan 4:34; 5:30; 6:38). Su enseñanza no era invención propia, sino confirmación de lo que el Padre ya había revelado: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió” (Juan 7:16). Si la Torá vino del Padre en Sinaí, entonces la doctrina de Yeshúa solo podía ser la misma Torá vivida y explicada con justicia y verdad.
Esto es fundamental: Yeshúa no improvisó, no inventó una nueva religión, ni trajo mandamientos distintos. Él mismo es la Palabra hecha carne (Juan 1:14), y como tal vivió en obediencia perfecta a la Torá. Enseñar algo diferente a la Ley del Padre habría sido negar su propia identidad. Por eso cada palabra, cada parábola y cada confrontación que tuvo con fariseos o escribas fue para mostrar la correcta interpretación de la Torá, nunca para abolirla.
Sin embargo, a lo largo de la historia, el cristianismo se ha empeñado en separar al Mesías de la Torá. La Iglesia católica primitiva promovió un rechazo sistemático a todo lo judío: prohibió la celebración de Shabat y las fiestas bíblicas, reemplazándolas por el domingo y un calendario pagano. Más tarde, cuando surgió la Reforma, aunque los reformadores se apartaron de Roma en muchos aspectos, mantuvieron el mismo rechazo hacia la Ley y las raíces judías. Incluso Lutero, uno de los grandes líderes de la Reforma, fue un antisemita declarado, cuyas palabras alimentaron siglos de persecución contra el pueblo judío.
Así, la iglesia evangélica heredó gran parte de ese desprecio: adoptó como propias las doctrinas del catolicismo romano en lo relacionado al día de reposo, el calendario festivo, el reemplazo de Israel por la iglesia y la supuesta abolición de la Torá. En lugar de restaurar lo que Yeshúa enseñó —la obediencia a la voluntad del Padre revelada en Su Ley—, se perpetuó la idea de que la gracia es lo opuesto a la Ley, cuando en realidad la gracia es el poder para vivirla.
Pero Yeshúa fue claro: hacer la voluntad del Padre es guardar Su Torá. Cualquier doctrina que enseñe lo contrario no proviene del Mesías, sino de hombres que, desde hace siglos, han buscado separar lo que Dios nunca dividió: la fe en Yeshúa y la obediencia a los mandamientos.
6. El mandamiento “nuevo”: la Torá elevada en el amor
En Juan 13:34, Yeshúa dice: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.” A primera vista, parece que Él estuviera introduciendo algo distinto, pero en realidad este “nuevo mandamiento” no reemplaza la Torá, sino que la profundiza.
El principio del amor al prójimo ya estaba claramente establecido en la Torá: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18). Yeshúa mismo había resumido la Ley en dos grandes mandamientos: amar a Dios con todo el corazón, alma y fuerzas (Deuteronomio 6:5) y amar al prójimo (Levítico 19:18). Estos no eran nuevos, sino la esencia de toda la Torá y los Profetas (Mateo 22:37-40).
Entonces, ¿Qué tiene de “nuevo” el mandamiento de Juan 13:34? La clave está en la frase: “como yo os he amado”. Yeshúa elevó el amor al prójimo a un nivel que trasciende la reciprocidad y la justicia básica. Ahora el estándar no es “amar como a ti mismo”, sino amar con el amor sacrificial del Mesías, un amor dispuesto a entregar la vida por los demás.
Este es el cumplimiento supremo de la Torá: el amor que da, que se sacrifica y que refleja el carácter mismo de Dios. Como dice 1 Juan 3:16: “En esto hemos conocido el amor: en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.” Por eso, el mandamiento no es “nuevo” en cuanto a contenido, sino en cuanto a la plenitud revelada en Yeshúa. Él es la Torá viviente que mostró cómo debe vivirse el amor: no solo en palabras, sino en acciones concretas de servicio, perdón y entrega.
En definitiva, Yeshúa no cambió la Ley por un ideal etéreo de amor. Al contrario, mostró que todo el peso de la Torá se sostiene en el amor (Romanos 13:10), y que quien guarda los mandamientos en amor está cumpliendo la voluntad del Padre.
7. Yeshúa demanda obediencia a la Torá en sus discípulos
No basta con reconocer a Yeshúa como el Mesías ni con realizar obras en su nombre; Él mismo advirtió que la verdadera señal de pertenecer a su Reino es hacer la voluntad del Padre. En el evangelio de Mateo, encontramos una declaración bastante firme por parte de Yeshúa:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos… y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad [anomía].”
El término griego usado en este pasaje para describir “maldad” es “anomía” que significa literalmente “sin Ley” o “transgresión de la Torá”. Con estas palabras, Yeshúa no se dirigía a paganos o incrédulos, sino a personas que afirmaban seguirle, que hacían milagros y hasta echaban fuera demonios en su nombre. Sin embargo, al vivir en desobediencia a la Ley de Dios, quedaron expuestos como “desconocidos” para el Mesías.
Esto revela una verdad contundente: Yeshúa espera de sus discípulos no solo fe, sino también obediencia. La vida en el Reino no se mide por manifestaciones externas de poder espiritual, sino por el sometimiento al Padre y la práctica de sus mandamientos. La obediencia no es el medio de salvación, pero sí la evidencia de haber sido redimidos y transformados.
Así, nuestro Mesías quien encarnó la Torá, nos exige a todos sus seguidores caminar como Él caminó (1 Juan 2:6). Su gracia nos perdona y nos capacita, pero su llamado es claro: vivir la voluntad del Padre como señal de que realmente le conocemos.
Yeshúa no vino a traer una religión nueva, ni a invalidar la Torá que el Padre entregó a Israel. Desde su nacimiento como judío circuncidado, hasta su vida de obediencia guardando Shabat y fiestas, enseñando la Torá en las sinagogas y confirmando los mandamientos, todo en Él testifica que es la Palabra hecha carne. Sus enseñanzas nunca estuvieron en contra de la Ley, sino contra la hipocresía y las cargas humanas que la distorsionaban.
Aún su llamado a un “mandamiento nuevo” no reemplaza la Torá, sino que la eleva al nivel supremo del amor sacrificial que Él mismo encarnó en la cruz. Reconocerlo como Mesías es reconocerlo como la Torá viviente: el profeta anunciado por Moisés, el intérprete perfecto de la voluntad del Padre. Seguir a Yeshúa es caminar en esa misma senda de obediencia y amor, sabiendo que la gracia no elimina la Ley, sino que nos capacita para vivirla como hijos libres que reflejan a su Redentor.
La verdadera iglesia no es la que rechaza la Torá, sino la que sigue al Mesías que la encarnó en justicia, misericordia y verdad.
En la próxima enseñanza veremos:
“Los discípulos y la Ley: fidelidad en la primera comunidad de creyentes”
Descubriremos cómo, después de la ascensión de Yeshúa, sus discípulos siguieron guardando los mandamientos, las fiestas y el Shabat, confirmando que la Torá no fue abolida, sino vivida en la comunidad del Mesías.
¡No te la pierdas! … Hasta la próxima.!
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